No llores, querida

No recuerdo con claridad el día en que mi vida cambió, pero sí recuerdo la calma con la que vivía junto a mi amado marido, Víctor, como si estuviésemos bajo el ala protectora de la Virgen. Cuando los vecinos del pueblo de Valdeoliva preguntaban por nuestro modo de vivir, siempre respondía que disfrutábamos de la bendición del Señor, aunque en nuestro pequeño paraje todo se veía y todo se sabía.

María, la familia hay que cuidarla y preservarla a toda costa me aconsejó mi madre cuando yo, aún jovencita, estaba por casarme con el vecino Víctor, a quien conocía desde la infancia.

Víctor jamás imaginó que mi corazón pudiera latir por otra mujer; para él yo era la única luz que iluminaba la ventana de su vida. La protegía, íbamos juntos a la escuela y, al crecer, nuestra amistad se tornó en amor.

¡Mirad, vienen dos tortolitos! reían las ancianas del pueblo, seguros de que estábamos hechos el uno para el otro desde que nos tomábamos de la mano de niños.

Mis padres me criaron con esmero: me enseñaron a convivir en paz, a ayudar al prójimo, a confiar en el bien y a no incurrir en injusticias.

Hija, el Señor castigará a quien hiera a otro o falte al respeto; vive con justicia, que Él todo lo ve me repetía mi madre, y yo creí en sus palabras tanto como en la voz de la propia Madre.

Víctor resultó ser un marido ejemplar. Se encargó de todo el trabajo duro del hogar, prohibiendo a su mujer cargar pesos. Cada mañana, antes de partir a la faena, me decía:

María, cuida de ti, no levantes carga; tú también trabajas, también te cansas. Yo volveré y lo haré todo, que para eso sirvo de hombre.

Cuando, sonriendo, le anuncié:

Vamos a tener un bebé Víctor se quedó paralizado de gozo y, después, no dejó de abrazarme y besarme.

Ahora debes cuidarte aún más; ya no estás sola añadió, mientras yo, sin temor, respondía:

Tranquilo, Víctor, no soy la primera ni la última en estar encinta; todo saldrá bien.

Pasaron los meses y nació nuestro hijo, Gregorio. La alegría nos inundó; Víctor veía en ese pequeño la continuidad de su linaje y lo adoraba. Cuando Gregorio creció un poco, lo llevaba conmigo por el pueblo, al mercado, al bosque a buscar setas y al río a pescar. En ese tiempo también dio la bienvenida a una hija, Begoña.

Cuatro años después de Begoña, llegó nuestro tercer hijo, Santiago. Así transcurría la vida de María y Vítor, criando a los niños, labrando la tierra y afrontando los altibajos. Santiago, sin embargo, era un niño inquieto y travieso; los maestros se quejaban de sus bromas.

Su hijo ha vuelto a traer un gato a clase y lo ha soltado, la maestra lo echó del aula; la semana pasada una cuervo, antes una ratona comentaban los profesores cuando se cruzaban con sus padres.

A veces traía a casa un erizo, que con sus púas hacía ruido toda la noche. Un día Víctor le obligó a llevarlo al bosque. Allí encontró un pichón caído, con una ala rota; lo cuidó y, al día siguiente, lo liberó entre los árboles.

Los años siguieron su curso. Los hijos crecieron: Gregorio cumplió el servicio militar, se casó con la aldeana Almudena y, tras vivir un tiempo con sus padres, construyó una casa cerca. Begoña terminó el colegio, se formó y se casó, mudándose con su marido a otra comarca.

Una mañana, el sueño de María se vio interrumpido al no escuchar el ruido habitual del paso de Víctor. Pensó que se había quedado dormido, pero al intentar despertarle, sus ojos permanecieron cerrados.

Santiago, corre a buscar al sanador gritó a su hijo menor, que aún vivía con ella.

La curandera del pueblo, Doña Ana, llamó a la ambulancia; aunque ya sabía que Víctor había fallecido, intentó aferrarse a la esperanza. Para María fue una pérdida devastadora: su esposo se había ido demasiado pronto, y ella, con cincuenta años, quedó viuda.

Tras el funeral, el duelo la mantuvo en sombras. Santiago, aunque seguía viviendo bajo el mismo techo, había heredado la vida desordenada de su niñez, y pronto se entregó al alcohol.

¡Basta de beber! le recriminaba María, mientras los vecinos murmuraban:

Qué familia tan digna tenía María: esposo, hijos mayores, y el menor que parece haber heredado la fealdad de la vida.

Santiago no quería trabajar, se pasaba los días bebiendo con sus amigos y vivía a expensas de su madre. Un día trajo a casa a Tania, una mujer de su misma condición; ambos se entregaron al vino y a los pleitos, sin ayudar en la huerta ni en la casa. María, agotada, decidió alejarse de aquel yugo y, tras varios roces, los dos se separaron.

Pasaron ocho años cuando la joven Raquel, vecina de la familia, recibió la visita de su amiga Alicia, recién llegada de otra aldea. Raquel invitó a María a su casa; aunque la diferencia de edad era grande, la convivencia era cordial.

Tía María, ven a mi casa; tengo una invitada y quisiera hablar contigo le dijo Raquel con cierto misterio.

¿De qué se trata? preguntó María, intrigada.

Alicia, divorciada y madre de dos hijos, explicó que su padre, también viudo, buscaba una compañera de vida. No fumaba, no bebía y había pedido a Raquel que le recomendara a alguien. Propuso a María que viviera con él en la aldea, asegurando que no había intención de reclamar la herencia y que su casa en el pueblo era la única que poseía; su apartamento en la ciudad no le interesaba la tierra.

¡Vaya, Alicia! No lo había pensado, ya tengo mis años…

Así, María aceptó mudarse a la casa del viudo Ignacio, quien, como parte del acuerdo, había prometido compartir las tareas del hogar. Ignacio tenía una cerda y gallinas; María llevó consigo su cabra. La vivienda de Ignacio era mucho más espaciosa que la suya.

Santiago, sin embargo, volvió a introducir a otra mujer en la casa, semejante a él mismo. María temía que el fuego de la discordia consumiera el techo.

Ojalá no incendiemos la casa le dijo a su hijo mayor, Gregorio, cuida al hermano, que se ha desviado.

Durante los veranos, los nietos de María y de Ignacio llegaban de la ciudad; Alicia, con sus dos hijos, también los visitaba y María les ofrecía comida y dulces, ganándose su respeto.

Una década pasó y la salud de Ignacio empezó a flaquear. María le preparaba decocciones, le daba los remedios a tiempo y, antes de su enfermedad, él le dijo:

María, si me sucediera algo, que no te entristezcas; sigue viviendo en esta casa, que no tendrás que mudarte en tu vejez. No llores, hermana mía

Está bien, Ignacio, no sé por qué lo dices yo tampoco estoy en perfecto estado respondió ella.

Un día Alicia llegó con un nuevo esposo y, con tono autoritario, le dijo a su padre:

Papá, llevaremos a Ignacio a la ciudad, allí lo cuidaremos mejor.

Que busquen a otra cuidadora, que yo prefiero quedarme aquí replicó Ignacio, y partió con lágrimas en los ojos. Alicia, una semana después, volvió y ordenó:

Empaca tus cosas y vete; vendremos nuestra casa con Esteban. No me digas que habíamos acordado nada. Tienes una semana para desalojar; volveremos el próximo fin de semana.

Así, mientras la familia de Alicia renovaba la finca y sembraba el huerto, Alicia se presentó el mismo día en que Gregorio iba a trasladar a su madre a la casa nueva y, con voz fría, anunció:

Mi padre ha muerto; la ciudad no le gustó. Mejor que me des las gracias por no tener que enterrarlo.

¿Por qué no lo enterraste junto a su madre? inquirió María, consternada.

¿Qué importa dónde yace el difunto? respondió Alicia con una sonrisa.

Gregorio, el primogénito, llevó a María a la nueva casa. Resultó que Santiago había dejado el alcohol, halló empleo y, al entrar en el patio, se sorprendió al ver flores bien cuidadas y el huerto en perfecto estado. Allí le recibió Vera, esposa de Santiago, quien llevaba un año y medio de matrimonio y había exigido que él abandonara la botella.

María, aunque sabía del matrimonio, dudaba de que su hijo, antes de tanto caos, pudiera casarse con una mujer tan decente. Sin embargo, Santiago, enamorado, dejó a sus amigos y se dedicó a la granja junto a Vera. Renovaron la casa, arreglaron el techo y sembraron el huerto.

Buenos días, María del Rosario exclamó Vera con voz melodiosa, bien venga a su hogar. He preparado el almuerzo; Gregorio dijo que lo traería hoy.

María sintió una alegría inesperada. Santiago había cambiado, era limpio y ordenado. La convivieron los tres con armonía; Vera la trató con tanto respeto que, a los pocos meses, la llamó mamá. María, ya entrado en años, se afligía por su propia fragilidad, pero se consolaba al ver que su nuera no la abandonaría.

Vera, siempre con la mano en el fuego, cocinaba, limpiaba, lavaba y trabajaba en la huerta; Santiago la asistía. María nunca imaginó que aquel hijo rebelde se convirtiera en un auténtico patrón de su hogar; siempre deseó que su padre pudiera verlo. Vera trabajaba en Correos, pero jamás descuidaba sus tareas y, poco después, dio a luz a una niña.

María ya no tuvo que vigilar a su nieta, que falleció a los pocos meses de nacer; sin embargo, murió con el corazón tranquilo, sabiendo que Santiago había madurado y que la felicidad había regresado a la familia. Sus ojos brillaban de gozo. ¿Qué más podía pedir una madre? Que sus hijos vivieran dichosos, y así lo fueron.

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No llores, querida
Told My Husband Not to Visit Me Anymore