No te he sabido ver

Juan Martínez vivió toda su vida con su esposa María en una modesta casita a las afueras del pueblo de Los Pinos. Criaron a su hijo Miguel, a quien enviaron a la ciudad para estudiar. Se enorgullecían de él, pues había terminado el instituto con honores. Esperaban el día en que él contrajera un matrimonio de verdad, sin esas amigas de la ciudad que tanto criticaba.

Y llegó el momento. Un verano, Miguel trajo consigo a una joven. No era simplemente una chica, sino una mujer de presencia llamativa, con ropas tan estridentes que a Juan le dolían los ojos. Se llamaba Begoña.

Papá, mamá, ella es Begoña, mi esposa. Vamos a vivir aquí, al fresco anunció Miguel, abrazándole los hombros.

María se iluminó de gozo al ver que su hijo había encontrado su destino. Juan, en cambio, se quedó callado, la boca apenas esbozando una línea. No le parecía la compañía adecuada para Miguel: manos impecables, uñas pintadas con colores chillones, mirada altiva. Él habría preferido una mujer humilde, trabajadora, de su tierra.

Begoña irrumpió en su rutina como una ventisca. Colocó un ordenador en la cocina, música a todo ritmo desde el amanecer, perfumes cuyo aroma llenaba el pasillo como si fuera una botiquín. Decía que iba a ordenar la casa y a llevar una vida natural. Compró gallinas ponedoras de raza, que murieron al instante al dejarlas en la helada calle. Plantó en primavera unas flores de ultramar, que perecieron a la semana.

Juan observó en silencio. Guardó silencio cuando ella intentó ordeñar la vaca y casi derriba el balde. Silencio también cuando, durante la comida, fruncía el ceño ante sus querubines en escabeche. Interiormente, todo bullía. No era una ama, sino una burla.

Las cosas no fluyeron desde el primer día. María se afanó en complacer, lavaba la ropa, cocinaba para todos. Juan la advertía: «No la mimes, que aprenda como los demás». Con frecuencia, se retiraba al campo o al granero para no cruzarse con aquella polvo de la ciudad.

Un día, Begoña organizó una limpieza general. Tiró al vertedero una vieja y gastada pava de hierro que había reposado en el desván durante generaciones. Para Juan no era un objeto, sino un recuerdo heredado de su padre.

Esa noche, por primera vez, alzó la voz:

¡¿Quién te dio el permiso?! ¡Al menos pregúntalo! ¡Eres extraña aquí! ¡No entiendes nada ni valoras nada!

Miguel intentó defenderla, diciendo que la pava ya no servía. Pero el padre no quiso escuchar. Begoña lloró. Las paredes de la pequeña casa temblaron con la pelea.

Convivir se volvió insoportable. Juan dejó de hablarle por completo. Begoña le respondió con desdén helado. Miguel, atrapado entre padre y esposa, trató de reconciliarlos, pero el anciano se mantuvo inflexible.

Llévate a tu actriz y váyanse. Vivan en su ciudad. No tienen sitio aquí les dijo un frío amanecer.

Una semana después, se marcharon. El silencio volvió a reinar en la casa, perfumado de alcanfor y madera vieja. Pero a Juan no le trajo alegría. María suspiraba en voz baja, repasando fotos de su hijo. Él se sentaba en el banco del portal, mirando la carretera desierta.

Dos años después, María no aguantó la soledad, cayó enferma y murió en pleno invierno. Juan quedó solo en la casa que de pronto se volvió vacía. Miguel llamaba de vez en cuando, con informes escuetos: «Vivo, estoy bien, no te preocupes».

Una helada noche, Juan salió a buscar leña, resbaló y se rompió una pierna. Los vecinos lo auxiliaron y lo llevaron al hospital. Le pusieron yeso y muletas, y al recibir el alta, la soledad le aplastaba. Al enterarse, Miguel corrió sin perder tiempo.

Papá, vamos a mi piso en la ciudad. No te quedarás allí solo.

¿A tu casa? ¿A la suya? ¡Ni hablar! Mejor muero aquí solo se empeñó el anciano. Así será mi final.

Sin más opciones, Miguel lo trasladó a su apartamento alquilado en la capital. Juan viajaba como quien se encamina al juicio, anticipando críticas y miradas de la nuera.

Begoña los recibió en el umbral, sin labial brillante, con una bata sencilla. Su rostro mostraba cansancio, pero serenidad.

Adelante, don Juan. La habitación está lista.

Le ayudó a arrastrarse con las muletas hasta la cama, a desvestirse, a acomodarse. Preparó té, habló poco, sin palabras de más. La cuidó en silencio: le alimentó, le dio agua, le ajustó la manta. Él esperaba una trampa, una burla, una reproche. Esperaba que le recordara sus propias palabras: «¡Eres extraña aquí!».

Los días pasaron sin cambios, hasta que una tarde le entregó un viejo álbum de fotos, atado con cinta, que había dejado en casa.

Miguel decía que te gusta verlo de nuevo.

Una noche, le dio presión; el ruido le rondó la cabeza. Intentó levantarse por agua y cayó sobre la alfombra. La primera en acudir fue Begoña. No gritó, no se agobió. Llamó a la ambulancia, se quedó a su lado mientras llegaban, y le frotó las manos temblorosas.

En el hospital, cuando la crisis pasó, escuchó a Begoña murmurar al médico en el pasillo: «Sí, mi suegro. Cuídelo, por favor, es muy testarudo».

Al volver a su habitación, ella suavemente le acomodó la manta.

Begoña gimió con hoqueta voz. Ella se volvió.

Perdóname, viejo tonto. No te vi entonces repuso, con los ojos sin rencor ni orgullo. Yo también fui una jovencita necia, creía que enseñaría a los del campo. La vida me dio la lección. Y Miguel le quiero mucho.

Él asintió en silencio. Begoña tomó su mano, arrugada pero firme, y la apretó.

Descanse, don Juan. Lo esperamos en casa.

Cerró los ojos otra vez, no por vergüenza ni cansancio, sino por una inesperada y profunda calma que se extendió por todo su cuerpo, más reconfortante que cualquier remedio. Encontró lo que nunca había tenido: no solo una nuera, sino un apoyo. Extraña por sangre, pero propia por espíritu.

Le dieron el alta a la semana. Miguel, ligeramente irritado, decía:

Papá, tomemos un taxi, que aún está débil.

Juan, apoyado en su bastón, caminó hacia el coche con paso pausado, propio de la campiña. Regresó a su hogar.

El apartamento le recibió con el aroma del auténtico cocido castellano, ese que tanto le gustaba. La mesa estaba cubierta con esmero: lonchas de jamón serrano, un cuenco de yogur, pan recién horneado con ajo.

Los tres se sentaron a comer. Juan, en silencio, saboreó su cocido y, al terminar, miró fijamente a Begoña.

Gracias, hija dijo bajo, claro y firme. Por todo.

Fue la primera vez que la llamó hija. Miguel se quedó inmóvil, temiendo romper aquel instante frágil. Begoña bajó la mirada, luego la alzó, y sus ojos relucieron.

Cómanse, don Juan, antes de que se enfríe.

Desde entonces, su casa adoptó un orden propio. Juan dejó de callar. Contaba historias de su pueblo, de su juventud, de María. Begoña escuchaba, preguntaba, a veces discutía sin rencor, con respeto. Él le enseñó a preparar los verdaderos pasteles caseros, y ella le mostró cómo buscar en su móvil fotos del campo que le enviaban los vecinos.

No se hicieron familia por sangre, sino por elección, por esa ternura obstinada que supera los agravios y los orgullos. Juan solía sentarse junto a la ventana de su habitación, contemplar el cielo citadino y reflexionar que la vida, a veces recta y a veces curva, nos lleva por senderos donde al final siempre encontramos nuestro sitio. Un sitio donde nos esperan. El hogar.

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