Siempre a mi lado
Víctor García llevaba ya un buen tiempo batallando contra una enfermedad que no perdona: el temido cáncer. Cada día se repetía como el anterior, gris, desvaído, cargado de dolor y de pastillas amargas que le recordaban a los chicles de la máquina expendedora del hospital. Él aguantaba con dignidad, mirando al techo de la habitación del Hospital Universitario de la Universidad Complutense, sólo para no encontrarse con los ojos llorosos de su esposa María Isabel y de su hija Nerea, que con el último esfuerzo intentaban dibujarle una sonrisa en cada visita corta. Pero llegó el día en que todo quedó claro: el final estaba a la vuelta de la esquina. Víctor contempló la perfusión y el techo agrietado, y una sola idea giraba en su cabeza: «Esto es el principio del final. Ya no volveré a casa».
En el hospital su estado se precipitó de golpe. La enfermedad, cual fiera salvaje, dio el último y definitivo empujón. El mundo se redujo al tamaño de la habitación, al olor a antiséptico y a las voces apagadas detrás de la puerta, y luego desapareció, fundiéndose en una oscuridad densa y sin aire.
Y de pronto silencio.
El dolor se esfumó. Hasta la última gota. Esa carga insoportable que durante meses oprimía su pecho y sus huesos se desvaneció. Con un alivio casi infantil, sintió una ligereza que no había experimentado en meses. Respiró hondo, el primer aliento verdaderamente libre que tomó en mucho tiempo. Y abrió los ojos.
Se hallaba en su propio salón. Un rayo de sol jugaba con el polvo suspendido en el aire, posándose sobre el sofá familiar. Y entonces los vio.
Nerea, su hija, abrazaba a María Isabel. Los hombros de Nerea temblaban, y el rostro de María Isabel, ahora con el apellido de soltera López, estaba marcado por una tristeza muda y aterradora. Ambas gritaban, sollozando con todas sus fuerzas, pero el sonido llegaba a él como si viniera de detrás de un grueso cristal: apagado, lejano.
«¿Qué ha pasado?», resonó en la mente de Víctor García. «¿Por qué lloran? Yo estoy en el hospital ¿Cómo he llegado aquí?»
Avanzó hacia ellas, queriendo abrazar, consolar, preguntar. Pero no le prestaron atención. Extinguió su mano para tocar el hombro de su hija, pero sus dedos atravesaron el aire, encontrando sólo una ligera frescura.
Atónito, dio un paso atrás y en la mesa vio una gran fotografía suya en un marco negro de luto.
Bastó un segundo más para que el mosaico se completara en una imagen imposible y aterradora: lágrimas de su esposa y su hija, y él mismo, allí presente, invisible e intangible. No estaba en casa. Estaba después. Veía lo que ocurre después.
«¿Yo he muerto? En el hospital ¿Ya me han enterrado?»
El pensamiento era monstruoso, pero sin la menor duda. Era la verdad. La enfermedad lo había vencido. Ese «final» había llegado. Pero, ¿por qué estaba aquí? ¿Por qué seguía sintiendo, viendo, comprendiendo?
Miraba a los dos seres más queridos y su corazón o lo que quedaba de él se desgarraba de impotencia y compasión. Quiso gritar: «¡Estoy aquí! ¡Todo me va bien! ¡No me duele!», pero ni un sonido salió de su garganta.
Desesperado, cubrió su rostro con las manos. Entonces ocurrió lo inesperado. Un ruido, semejante al oleaje, se apagó. Sintió una mano cálida y pequeña en su mejilla. Abrió los ojos.
Delante suyo estaba su madre, tal como la recordaba de su infancia: joven, risueña, con esas arruguitas de felicidad alrededor de los ojos. Detrás de ella no había su casa, sino un campo infinito bañado por una luz dorada, cubierto de amapolas, sus flores favoritas.
¿Mamá? susurró él. ¿Eres tú? ¿Cómo?
Todo está bien, Viti respondió ella con esa voz tierna que solo una madre sabe dar. Ya se acabó todo. Estás libre. Sólo querías despedirte de ellas.
Él echó la vista por encima del hombro. La habitación con las dos mujeres lloronas se alejaba lentamente, como una película que se desvanece en la pantalla bajo la luz.
Pero ellas tartamudeó su voz.
Ellas se las arreglarán. Se tienen la una a la otra y llevan tu amor en el corazón, que nunca los abandonará. Tu sufrimiento terminó. Mereces paz.
Su madre tomó su mano con suavidad. Ese toque era real, vivo. Víctor la miró a los ojos y vio en ellos una comprensión infinita y un perdón que lo abrazaba.
Ya no había miedo. Ni rastro de aquel dolor agobiante. Sólo una ligera melancolía, como la niebla matutina que se disipa bajo el sol, cediendo paso a una sensación nueva, desconocida, pero infinitamente tranquila.
Se volvió por última vez. Allí, en ese mundo que se desvanecía, su esposa y su hija, al fin, se miraron y, como dos amigas que se consuelan, juntaron sus frentes, hallando un pequeño consuelo en el abrazo mutuo.
Les dedicó una sonrisa, enviándoles una bendición de despedida, y se giró hacia la luz.
Vamos, mamá dijo en voz baja. Te he echado de menos.
Y dio el primer paso hacia su nuevo amanecer eterno.
En la habitación donde permanecían los dos seres que él amaba, algo inexplicable sucedió. María Isabel dejó de llorar de golpe y se enderezó. Apoyó la mano contra el pecho, como intentando escuchar algo.
Mamá, ¿qué te pasa? preguntó Nerea, asustada.
No lo sé respondió María Isabel. De repente me invade una paz y un calor, como si papá nos hubiera abrazado y nos dijera que está bien.
Miraron la foto enmarcada. Ambas sintieron que, en el rostro cansado pero bondadoso de Víctor García, se dibujó una ligera sonrisa casi etérea. La pesadez del cuarto se disipó, dejando paso a una tristeza luminosa, sin desesperación, sólo una dulce resignación y una gratitud eterna por los años compartidos.
Conclusión:
La muerte no es el final. Es solo una despedida silenciosa en un mundo para alcanzar la vida eterna en otro. Y el amor es el hilo que une ambos mundos. No se rompe ni desaparece. Vive en la memoria, en los recuerdos más cálidos, en los rasgos de los hijos y nietos, en el susurro de la lluvia en la ventana que a alguien le encantaba escuchar.
Los que perdemos no se van para siempre. Simplemente vuelven a Casa, dejándonos su amor como consuelo y esperanza de reencontrarnos algún día, donde no haya dolor ni lágrimas, sólo luz y paz. Mientras los recordemos y amemos, ellos están vivos no en una urna, sino en cada rayo de sol que atraviesa las nubes, en cada buena acción que hacemos en su honor.
Se vuelven a despedir, nos sonríen a través de la barrera invisible y susurran: «Vive. Disfruta. Estoy contigo. Soy libre. Y tú lo conseguirás».
P.D. Querido papá, te quiero mucho y nunca te olvidaré. Sé que siempre estás a mi lado.







