Sergio cierra la chaqueta y asoma la cabeza al patio. Sobre el adoquín brillan charcos, y entre los surcos aparecen islotes grises de nieve derritiéndose. La madrugada primaveral de marzo está húmeda, pero no helada. Se percibe que el caucho del Seat León ya está cubierto de polvo de carretera húmedo.
Hoy le toca pasar la inspección técnica bajo las nuevas normas, y la idea de una posible observación menor le revolotea incómoda en el pecho.
Inés sale de la casa, sujetando con el hombro la pesada puerta principal, y le lanza a su marido una mirada breve.
¿Ya revisaste los papeles? pregunta.
Todo está en la guantera. También tengo descargada la factura electrónica responde él, entregándole los guantes que dejó ayer en el maletero.
Inés asiente y dirige la vista al coche: la carrocería, recién lavada ayer, sigue reluciendo, los limpiaparabrisas están alineados. A simple vista está impecable, pero los rumores sobre los «nuevos procedimientos» en la estación le ponen los nervios de punta.
Dani, el chico de diez años, desciende del porche último, batallando para abrir los ojos.
¿Para qué tengo que ir? gruñe, tirando del capó para abrochar la cremallera.
Para no preguntar después de dónde vienen las multas le lanza Sergio, ya introduciendo la llave en la cerradura del volante. Juega con la manija de forma rítmica: el golpe es firme, el cierre responde con un clic nítido. Todo funciona. El vecino de ayer se jactó de que el inspector le halló juego en el asiento y lo devolvió a casa. Mejor prevenir.
Llegan a la estación de ITV en media hora. El camino serpentea entre campos, donde el agua de los arroyos brillan como cinta y sobre la acera flotan nubes perezosas. Sergio conduce con precisión, atento a cada vibración. Inés mantiene el móvil abierto en el chat de los vecinos: los mensajes se quejan de la mayor severidad, algunos aconsejan «acordar algo allí, si no, volverán».
¿Ves? muestra la pantalla a su marido. Dicen que hubo cola, y la mitad se fue sin nada.
Panicónes la descarta en voz baja, aunque una punzada le recorre el estómago.
Frente a las puertas del taller se agolpan coches, y gotas de lluvia ligera ennegrecen el asfalto. Un trabajador con chaleco amarillo agita la radio, dirigiendo el flujo. Sergio frena en la línea blanca.
Luces, intermitentes, freno, dice secamente el joven inspector, tomando la tablet en la que se carga la solicitud electrónica. Sergio obedece los mandatos. La vibración del motor se traduce en el pedal. Todo sigue el guion.
Cinco minutos después empujan el coche a la zona de inspección. El segundo inspector, de mayor edad, asiente discretamente desde bajo la capucha.
Cerradura de la puerta trasera derecha, muéstrame.
Sergio pulsa el botón de apertura. El tirador se eleva, la puerta se abre.
¿Y por fuera?
Inés sale bajo la llovizna, tira del tirador sin éxito. Vuelve a intentar, y el esfuerzo se traslada a su hombro.
No se abre.
El pestillo no actúa, constata el inspector, tocando la pantalla con el dedo. Según los nuevos requisitos es un defecto crítico. Rechazo.
Sergio recibe como una bofetada ligera pero precisa. Se vuelve hacia el hombre, intentando descifrar si es una broma.
La cerradura sí se abre desde dentro.
Regla tresunodos, responde impasible. Si la puerta no se abre desde fuera, la evacuación de los ocupantes se complica.
Inés suspira con fuerza. En el rostro de Dani asoma una sonrisa de te lo dije, pero el chico guarda silencio.
En la sala de espera, impregnada de aceite de motor y madera húmeda, les entregan el acta de la avería. El plazo para repararla es de veinte días, y la segunda inspección no tendrá coste adicional.
Podemos arreglarlo «más rápido», sugiere el joven inspector, devolviendo la tablet. Cinco mil euros, y la orden queda ya en el sistema.
Sergio ve a Inés alzar la mano casi sin pensar, como revisando la cartera. Él intercepta su mirada.
Gracias, lo hacemos nosotros, dice, sintiendo que su rostro se tiñe de un rojo pesado.
Salen bajo la llovizna. El viento corta las mejillas, y la lluvia golpea el capó con precisión en el cuello. Dani rompe el silencio primero:
Papá, sería más fácil pagarlo. Así es como lo hacen.
Sergio pone los limpiaparabrisas; los brazos crujen sobre el cristal seco.
«Así es» no es argumento.
Al menos no tendremos que volver, replica el adolescente.
Inés se queda al lado, sujetando la puerta para que no se cierre con el viento.
La próxima semana tenemos que ir a casa de la madre. ¿Estás seguro de que encontraremos a un mecánico a tiempo?
Él gira la llave, el motor ruge de modo estable, como esa mañana.
Lo lograremos. La cerradura es un detalle barato, la cambio yo mismo.
Pero sus palabras suenan frágiles. En su cabeza suena un eco: desmontar la tapicería, buscar la pieza equivalente, arriesgarse si la cerradura falla no por mecanismo sino por sensor. Cinco mil euros parecen un atajo tentador que ofrece calor.
El camino a casa transcurre en silencio. Dentro del habitáculo se percibe el olor a alfombrilla de goma mojada, y el ventilador sopla sobre el vidrio a velocidad media. Sergio recuerda las enseñanzas de su padre: no meterse en trucos dudosos, que dos minutos de beneficio pueden convertirse en una desconfianza permanente. Exhala y aprieta el volante. Decidido.
En la zona de aparcamiento apaga el motor.
Lo hacemos bien, dice con calma, como quien lee un manual. Tenemos tiempo. Dani, después de clase me ayudas a quitar la tapicería.
La esposa levanta la vista; en sus ojos se mezcla irritación y alivio.
Vale. Pero si no lo logramos para el domingo, tendremos que pagar al taller oficial.
Sergio asiente. En ese instante la decisión se vuelve irrevocable. La opción de «cinco mil euros y listo» queda atrás, su propia determinación les separa del atajo. No hay vuelta.
La luz del atardecer se desvanece suavemente, las farolas titilan círculos cálidos sobre los charcos. Una cuervo grazna cerca. La familia entra en casa, donde el aroma del guiso tibio se siente. La escalera cruje, Dani sube a su habitación. Sergio se apoya en el frigorífico, observando la hoja de normas de la ITV pegada con el imán: cada requisito ahora parece un reto personal.
Siente que una semana de líos se avecina, pero bajo la piel ya se agita una satisfacción tenue: la elección está hecha, no hay camino de regreso.
La mañana del lunes arranca con el sonido vigoroso de herramientas en el garaje. Sergio y Dani trabajan en la puerta trasera del coche. Una bombilla colgante ilumina el capó con un leve resplandor que emana de la calle helada. Inés, preparando el café, mira por la ventana de la cocina y, al ver sus caras concentradas, esboza una sonrisa. El sentido de una tarea compartida vuelve a animar a la familia.
El chirrido del tornillo da a Dani una nueva fuerza, y Sergio percibe que el mecanismo cede al fin. La puerta se abre con un suave clic. Su alegría silenciosa es genuina: es un paso adelante hacia la solución. Sergio da una palmada al hombro de su hijo.
Buen trabajo comenta, guardando sus herramientas. Ahora revisemos todo antes de montar.
Una inspección minuciosa revela que la cerradura ha quedado reparada. Vuelven a colocar la tapicería en su sitio. Dani siente que ese trabajo le brinda un calor especial de confianza, mientras el golpeteo de las herramientas se silencia.
Se acerca el momento del segundo viaje a la estación. Inés propone almorzar juntos, dejando de lado los asuntos menores. La escena en la mesa es tranquila y desenfadada: risas suaves y palabras escasas, suficiente para sentirse bien.
Un tiempo después están de nuevo frente a los portones de la ITV. El día está claro pero fresco; el sol de la mañana brinca sobre la carretera húmeda. Les recibe el mismo joven inspector, que antes les había negado la inspección.
¿Todo listo? pregunta, revisando la tablet.
Sergio asiente, mostrando con seguridad la puerta.
El inspector prueba el mecanismo, revisa el coche siguiendo la lista y anota en la tablet. Esta vez los trámites consumen menos tiempo, y los obstáculos burocráticos desaparecen uno a uno.
Está todo en orden declara finalmente, devolviendo la tablet a Sergio y pulsando el envío del informe. La tarjeta diagnóstica ya está en el sistema. Enhorabuena.
La familia apaga el motor y se queda unos minutos más en el patio, disfrutando del alivio y del orgullo discreto por haber resuelto el problema por sí mismos. Inés abraza a su marido, Dani les da un fuerte abrazo.
Ahora sí vamos a casa de la abuela sin problemas exclama, satisfecho con el desenlace.
Sergio sonríe, sintiendo que el día se ha iluminado un poco más. Han recorrido el camino de la ley confiando en sus propias fuerzas y convicciones.
Sí, hacerlo honestamente siempre es mejor coincide Inés, con una sonrisa cálida en los ojos. Cada respiración es profunda, el rostro se relaja. Han superado la prueba, con sus sobresaltos, pérdida de tiempo y una dosis considerable de nervios, pero en el proceso descubren algo más sólido.
En el aire limpio de marzo la vida parece haber ganado nuevos matices, respirando sutiles cambios. En lugar de cansancio sienten una esperanza floreciente: otro día, otra victoria familiar, y eso resulta maravilloso.







