Mi segundo otoño
Miguel Álvarez caminaba por el viejo parque del Retiro, apoyándose en su bastón de madera tallada. El aire de otoño le acariciaba la espalda con una frescura que parecía venir de otro siglo, y bajo sus pies crujía la hoja amarillenta, ya cansada de los años. Volvía a la ciudad de su infancia y juventud tras muchas décadas, por asuntos que ya nadie recordaba salvo él. El parque seguía siendo el mismo, aunque los álamos habían crecido más y los bancos, que en su época fueron testigos de sus clases de primaria, estaban torcidos y con la pintura desconchada.
Al llegar a la glorieta junto al estanque, la de siempre, se detuvo. Su corazón, acostumbrado al ritmo pausado de los años, volvió a latir con la rapidez de un adolescente de dieciséis. Allí, bajo la sombra del jazmín y el perfume de la lluvia, él había tomado por primera vez la mano de Inés.
Inés Gómez. Entonces una niña de trenzas y ojos risueños, que leía a los poetas con una pasión que le quitaba el aliento. Pasaban largas tardes allí, trazando planes. Él, futuro físico, soñaba con conquistar el espacio. Ella, delicada artista, anhelaba ilustrar sus libros sobre galaxias lejanas. Su amor parecía tan eterno como las estrellas que observaban.
Pero los caminos se bifurcaron. Los padres de Inés, personas prácticas, vieron en el talento de su hija la oportunidad de una vida mejor y la enviaron a estudiar a la Academia de Bellas Artes de Barcelona. Miguel quedó en la provincia, ingresó en la Escuela de Ingenieros de Segovia. Al principio las cartas volaban en bandada, llenas de promesas y nostalgia; luego, con el tiempo, se hicieron escasas. El mundo de Inés se llenó de vernissages, caballetes y gente nueva; el de Miguel se colmó de ecuaciones y experimentos. En una de sus últimas misivas escribió: «Miguel, todo cambia. Nosotros también. No nos torturaremos con esperanzas». Él no replicó. El orgullo, esa tonta soberbia masculina, le impidió subir al tren y correr a su lado. Quemó las cartas en la chimenea y se sumergió en la ciencia con ahínco.
Los años siguieron su curso, monótonos. Defendió su tesis, trabajó en el Instituto de Astrofísica, se casó en silencio con una buena mujer, de quien sólo quedó una fotografía en el álbum y una ligera melancolía. No tuvo hijos. A veces, al mirar el cielo nocturno, no recordaba constelaciones, sino sus ojos, y se sentía un anciano tonto.
Un día, mientras suspiraba y se disponía a marcharse, divisó en una banca lejana a la orilla del agua a una mujer que dibujaba en un cuaderno. El viento revoloteaba su pelo canoso, perfectamente peinado. Algo hizo click en su memoria: el ángulo del hombro, la inclinación de la cabeza.
dio algunos pasos, incrédulo. Era ella. Inés. No un espectro ni un espejismo, sino una mujer viva, con un abrigo cálido y arrugas alrededor de los ojos que brillaban al sonreír su dibujo.
¿Inés? susurró, tembloroso.
Ella alzó la vista. Su mirada, al principio perdida, se tornó sorprendida y, después, en sus ojos resurgió la luz que él había guardado toda la vida.
¿Miguel? Madre mía, ¿eres tú?
Se sentaron en la misma banca donde una vez se besaron y comenzaron a conversar. Hablaban de los años transcurridos. Su vida tampoco fue un cuento de hadas. El matrimonio con un colega pintor se había deshecho; un gran amor resultó una ilusión. Tenía un hijo, ahora lejos, que se preocupaba por ella los fines de semana y llamaba con frecuencia. Regresó a su pueblo natal hacía más de diez años para cuidar a su madre enferma y se quedó. Vivía tranquilamente, pintaba paisajes locales y enseñaba en la escuela de arte del barrio.
Sabía de tus logros, de tu tesis, por amigos dijo, mirando el agua. Siempre he estado orgullosa de ti.
Yo, una vez, en un puesto de periódicos, encontré la revista «Joven Artista» confesó. En la portada había una reproducción, una pequeña acuarela titulada «Parque de Otoño». Firmaba M. Gómez. Me quedé petrificado en la calle. La compré sin dudar, como un tesoro. La guardo aún, en una carpeta vieja con mis documentos más preciados.
Guardó silencio y, sin poder contenerse, añadió:
Siempre he lamentado, Inés. Lamento no haber venido aquel día, no haber intentado recuperar todo. No encontrarte para decir para decirte que tu «Parque de Otoño» vale más para mí que cualquier cuadro del Prado.
Inés lo miró sin reproche, sin ira; sólo una melancolía serena.
Éramos jóvenes y necios, Miguel. Creíamos que el amor debía ser ruidoso y eterno. Resultó ser callado, como la luz de este otoño.
Él tomó su mano, cubriendo la suya, fría pero familiar. Entonces ocurrió lo imposible: el tiempo se comprimió como un resorte y retrocedió. No hubo canas, ni arrugas, ni cuarenta años de separación. Sólo estaban él, ella y su interminable conversación, interrumpida antes por la torpeza.
Se quedaron así hasta el anochecer, tomados de la mano, mientras el sol otoñal se apagaba lentamente en el estanque, reflejándose en sus ojos como dos estrellas solitarias que se reencontraban en el vasto cielo de la vida.
Al caer la noche, los faroles se encendieron a lo largo del paseo, proyectando largas sombras temblorosas sobre el suelo húmedo. El aire frío se hizo más penetrante, pero no querían marcharse. Parecía que al mover un pie, el delicado encanto de aquel instante se desvanecería como un espejismo.
Vamos dijo Inés, temblando ligeramente por el viento. Vivo justo aquí al lado, no lo olvides. Tomemos un té.
Caminaron despacio, sin prisa. El bastón de Miguel resonaba contra el adoquín, marcando un ritmo nuevo, el ritmo del regreso al hogar. La casa de Inés era una vieja vivienda de dos plantas, con techos altos y molduras barrocas. En el interior olía a pintura al óleo y hierbas secas. En el salón había un caballete con una obra inconclusa, y en las paredes colgaban bocetos de paisajes locales que él conocía al dedillo.
Nada ha cambiado sonrió él, observando un pequeño lienzo que mostraba su glorieta. Sigues amando este parque.
Es mi amigo más fiel contestó ella, llenando la tetera de agua. Y el observador más paciente.
Beberon té en vasos facetados dentro de salvamanteles, y la charla fluyó ligera, retomando hilos sueltos del pasado. Rememoraron anécdotas universitarias, conocidos comunes, películas y canciones olvidadas. La risa volvió a resonar en aquella vivienda, ligera y sin preocupaciones.
Sin embargo, bajo todo ello flotaba una sensación mayor: el peso del tiempo perdido, como polvo iluminado por la lámpara de escritorio.
¿Sabes en qué pienso a veces? dijo Inés, posando su vaso. En aquel día que vimos una estrella fugaz. Tú dijiste que habías pedido un deseo.
Y tú no preguntaste cuál replicó Miguel. Dijiste que no había que preguntar, que no se cumpliría.
Ahora sí podemos. ¿Cuál era?
Él se quedó pensativo, mirando su rostro bañado por la luz tenue de la lámpara.
Deseé que estuviéramos siempre juntos. Simple y tonto.
Inés sonrió.
Yo deseé lo mismo. Y tampoco se cumplió. Tal vez las estrellas no estaban de humor.
Él extendió la mano sobre la mesa y ella volvió a colocar la suya sobre la suya. Ahora su palma estaba tibia.
Quizá esperaban a que maduráramos susurró él.
A la mañana siguiente, Miguel tomó el tren de regreso a la estación y devolvió su billete de ida.
Comenzaron a recuperar el tiempo perdido con pequeñas cosas. Él la acompañaba a los bocetos, llevaba una silla plegable y un termo con café. Se sentaba a su lado y observaba, en silencio, cómo su mano trazaba en el lienzo contornos familiares. A veces le pasaba el pincel: «Añade una nube aquí, siempre supiste improvisar con los colores». Y él, riendo, dejaba pinceladas torpes pero llenas de ternura.
Redescubrieron la ciudad. Las fachadas de azulejo, el canal de los arroyos, el pequeño mercado donde vendían manzanas del cooperativo vecino; todo se volvió escenario de un romance inesperado. Sus diálogos estaban llenos de frases a medio decir, que ambos comprendían con una palabra.
Pasó una semana. Una noche, mientras ordenaba los libros en el apartamento familiar, Miguel encontró su viejo cuaderno de la escuela, lleno de poemas juveniles, torpes y llenos de inocencia, dedicados a ella.
Lo ofreció tímido a Inés.
No te rías.
Ella lo leía sin pestañear. Luego alzó la vista, sorprendente.
Son hermosos, Miguel. ¿Por qué nunca me los leíste?
Me avergonzaba. Pensaba que eran tonterías.
No lo son apretó el cuaderno contra su pecho. Es lo más valioso que he escuchado en años.
Esa noche, se acurrucaron bajo una sola manta en el sofá y observaron la ciudad dormida a través de la ventana. Entre ellos no había la pasión desbordada de la juventud, sino un sentimiento profundo, sereno, que los anclaba como un puerto seguro después de años de tormentas.
No quiero volver atrás, Inés dijo él en la penumbra.
Ella se apoyó en su hombro.
Yo tampoco. He perdido tantos años. Quiero que te quedes aquí para siempre.
Al amanecer, el cielo se tiñó de rosa, borrando los contornos de los tejados y los árboles. Ya no temían al futuro. Tenían ante sí una vida completa, distinta a la que habían imaginado bajo la gloria del jazmín, pero propia, real, merecida.
Creed en los segundos, siempre. Incluso cuando parece que todas las páginas bellas ya se han volteado y no queda nada que escribir. Las mejores capítulos empiezan donde uno creía haber puesto punto.
No temáis mirar al pasado, no para ahogarse en la nostalgia, sino para hallar las llaves olvidadas: la llave de la glorieta donde reíais, la llave del corazón que latía más rápido. Desempolvadla y probad abrir la puerta. No encontraréis fantasmas, sino una vida viva que esperó todos esos años.
No penséis que vuestra historia está terminada. Sólo aguardaba la pausa para sonar con nueva fuerza. El amor que creísteis perdido no se va; es como un río sabio que se esconde bajo tierra para beber aguas puras y reaparecer donde menos lo esperáis.
Buscad. No os quedéis en cuatro paredes esperando que la puerta se cierre tras de vosotros. Id al parque de vuestra juventud. Pasad las páginas del viejo álbum. Escribid esa carta que no os atrevisteis a enviar hace medio siglo. La vida ama a los valientes, aunque su valentía sea tan solo un paso silencioso sobre el propio miedo.
Recordad: la cana no es ceniza de fuego extinguido, sino escarcha de sabiduría en las ramas del alma.
Vuestro tiempo no se ha ido; sólo ha esperado a que dejéis de correr y empezéis a recoger, con paciencia, los tesoros dispersos a lo largo del camino. Al hacerlo, hallaréis esa amor no consumado, esa vocación olvidada, ese segundo aliento.
Porque la vida no es lineal. Y lo mejor siempre vuelve, sobre todo a quienes creen.







