Todo llega a su debido tiempo

Todo tiene su momento. María del Carmen Fernández, ya jubilada, no se queda de brazos cruzados. Es de esas optimistas incansables que parecen alimentarse de la luz del sol. No se queja de la vida; ¿para qué lamentarse? Se casó por amor, tuvo una hija y, aunque su marido la abandonó, no le da más importancia. Amigos, trabajo querido, viajes la mantienen en marcha.

Son los viajes los que llenan el vacío que ha aparecido. No se trata de excursiones organizadas, sino de escapadas auténticas y autónomas. Aprende a reservar albergues, a trazar rutas y a pillar aventones. Siempre lleva en su mochila una libreta con direcciones de gente dispuesta a alojarla donde sea de España.

Una tarde de otoño se dirige a un pueblecillo famoso por su arquitectura de madera antigua. Desde la madrugada la lluvia ha convertido las calles en ríos brillantes. María del Carmen, un poco empapada, llega a una casa pequeña, tallada, con un amplio portal. Allí la espera Antonio Pérez, viejo amigo de su amiga, dispuesto a acogerla unas noches.

Abre la puerta un hombre alto, encorvado, con cabellos canosos y todavía abundantes y unos ojos claros como el cielo otoñal.

Adelante, María del Carmen, la estoy esperando dice, tranquilo, como a un viejo conocido.

El interior huele a madera de cedro, al calor del hogar y a algo familiar, como mermelada de manzana. Antonio es un hombre de pocas palabras. Le entrega en silencio una toalla de felpa, coloca en la mesa la tetera y se retira, dejándola calentar junto a la chimenea.

Pasan la tarde tomando té. La conversación no fluye; él es reservado y ella se siente como una invitada que se ha quedado demasiado tiempo. Pero cuando el tema gira a los viajes, sus ojos destellan.

Yo también he recorrido mucho dice de pronto. Soy geólogo. He cruzado el país bajo la piedra.

Se levanta y le entrega un mapa viejo y gastado, lleno de anotaciones, líneas de ruta y símbolos extraños.

Esta es tu vida afirma María del Carmen, sin preguntar.

Lo fue corrige él en voz baja.

A la mañana siguiente la lluvia cesa. Antonio, para su sorpresa, le propone mostrarle el pueblo. No le lleva por las calles principales, sino por callejones conocidos solo por los locales. Le enseña la casa donde nació un pintor famoso y una herrería abandonada cuya puerta aún conserva la cerradura ennegrecida por el tiempo. Habla poco, pero cada palabra es precisa, como quien cuida su garganta.

María del Carmen lo observa y siente que le resulta increíblemente interesante, de una manera distinta a la que le resultaba en las plazas soleadas de Italia o en los bulliciosos zocos de Asia. Es un interés profundo, sereno, como el agua de un lago en el bosque.

Tenía que marcharse en dos días, pero decide quedarse. Propone cambiar el itinerario. Antonio asiente sin sorpresa ni entusiasmo. Al día siguiente la despierta al amanecer.

Vamos dice. Le muestro un sitio.

Caminan por un sendero húmedo de rocío en un pinar. El aire es denso y embriagador. De pronto el bosque se abre, revelando la superficie lisa de un lago, inmóvil y brillante como un espejo. En él se refleja el cielo prematutino, rosado y dorado. El silencio es tal que se oye respirar a la tierra.

Se quedan allí, callados, y en ese silencio no hay incomodidad, sino plenitud. La plenitud del momento, de la naturaleza, de palabras no dichas que flotan entre ellos.

Tras la muerte de mi mujer pensé que la vida había terminado dice Antonio, sin mirarla. Perdí el sentido de todo. Y tú has llegado y empiezas a hablar de lo bonito del amanecer. Entonces recuerdo lo que significa querer volver a verlo. Por eso estamos aquí.

María del Carmen contempla sus manos fuertes, las arrugas alrededor de sus ojos y su mirada clara y serena. No dice nada grandilocuente; simplemente toma su mano y posa la palma sobre la suya. El calor se encuentra con el calor.

Creo que me quedaré un día más comenta. Si no le importa.

Él la mira y en sus ojos ya no ve el frío otoñal, sino un sol de verano radiante.

¿Yo me opongo? responde. Yo estoy a favor.

Regresan, y el silencio entre ellos es ahora otro: profundo y comprensible, como la superficie del lago. Sus manos se rozan a veces, el gesto más natural del mundo.

En la casa, Antonio, sin preguntar, empieza a apilar leña para la chimenea, mientras María del Carmen busca harina y un tarro de miel en la cocina.

¿Quieren crepes? grita al patio.

Desde el cobertizo se oye una risita que parece una mezcla de tos y carcajada. Ella se pone manos a la obra, sintiéndose sorprendentemente cómoda en aquella cocina ajena pero cálida.

Él entra, se lava las manos.

Huele a cielo comenta, y para María del Carmen esas palabras son el mayor elogio.

No se queda solo un día. La semana pasa como aquel amanecer junto al lago. Conversan de todo. Él le muestra sus cuadernos de geología, bocetos de rocas y minerales. Ella le cuenta sus aventuras con compañeros de aventón y la noche que pasó en una iglesia abandonada de un pueblo de la Sierra de Gredos. Ríen mucho, y su risa resuena como eco en el pecho de ambos.

Sin embargo, los billetes están ya comprados, su hija la espera en Madrid, y la realidad vuelve a tocar la puerta. Un par de días antes de irse, María del Carmen se sienta en el portal y observa a Antonio arreglando un comedero de pájaros.

Me voy pronto dice, como probando la firmeza de la frase.

Él asiente, sin apartarse del trabajo.

Lo sé.

Esa noche, durante la cena, Antonio deja la cuchara de golpe.

Tengo que proponerle algo, María del Carmen dice con una formalidad poco habitual. Hay un lugar, a tres horas de aquí, una grieta poco conocida donde aparecen rocas únicas. Iba a ir ¿Podría acompañarme como guía aficionado?

Mira sus ojos, los más sinceros que ha visto, y entiende que ese es su modo de invitarla a quedarse.

¿Cuántas noches deberíamos empacar? pregunta, fingiendo seriedad.

Todas las que quieras responde él, manteniendo la mirada. El sitio es salvaje, no hay hoteles, solo la tienda.

Comprende que no es una simple propuesta; es una invitación a su mundo, a su silencio, a su vida.

Tengo dos días libres sonríe María del Carmen. Estoy más que libre.

A la mañana siguiente suben al viejo coche de Antonio, un modelo clásico que se abre por los cristales, mientras el viento entra y el interior huele a resina, a perro y a algo inevitablemente masculino: tal vez a herramientas, tal vez a la carretera.

Cuando llegan al borde de la grieta, sobre un acantilado que domina un río turquesa, María del Carmen se queda inmóvil. No es solo una imagen bonita; es potencia, silencio centenario y grandeza.

Él está a su lado, mirando no al paisaje, sino a ella.

¿Qué opina? pregunta en voz baja.

Me quedo, Sergio susurra, girándose hacia él. Por mucho tiempo. Si no le molesta.

Él sonríe.

¿Yo me opongo? repite la broma inicial. Yo estoy a favor.

Y, bajo el canto solitario de las aves, dos jubilados que se han encontrado en los quiebres de la vida se abrazan con fuerza, como si temieran soltar esa nueva, frágil e increíble felicidad. Llega demasiado tarde, pero justo en el momento preciso en que se necesitaba.

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