Yo estaba parado junto al viejo cerco que rodea la casa de mis padres, en la aldea de San Cristóbal de los Ángeles, observando la fronda negra que crujía bajo mis pies. Apenas diez días antes había enterrado a mi madre en el cementerio del pueblo, y desde entonces no he dejado de pensar en ella. El viento húmedo de noviembre ya traía la primera frescura invernal, y el crepúsculo temprano me hacía sentir un vacío profundo. Cada vez que recuerdo la despedida, un temblor recorre mis manos: mi madre había cuidado durante años a mi hermano menor, Iñigo, dedicándole noches y mañanas, y ahora me toca a mí seguir su camino.
Yo tengo cuarenta y cinco años, y Iñigo treinta y cinco, pero él lleva desde la infancia una grave alteración del aparato locomotor y necesita ayuda constante. Cuando mi madre vivía, creía que siempre tendría suficiente amor y energía para intervenir si surgía alguna urgencia, pero temía pensar en el futuro en voz alta. Ahora no puedo perder tiempo: la casa se queda vacía sin la matriarca, y Iñigo es el miembro más vulnerable de la familia.
Tras el funeral, solicité unos días de permiso en la empresa donde trabajo en el departamento de contabilidad de una constructora. El director me recibió con comprensión, aunque subrayó que no podía ausentarme demasiado: los balances trimestrales y el cierre del ejercicio se acercaban. Sin embargo, los trámites de tutela requerían varias semanas libres, y yo no sabía si lograría encajar. Cada día tenía que trasladar pilas de papeles: certificados médicos de Iñigo, informes de especialistas, resoluciones judiciales que lo declaraban incapacitado. Al entrar en la oficina de la Servicios Sociales del municipio, sentía el peso sobre mis hombros como si la responsabilidad se duplicara: los empleados indagaban meticulosamente sobre mi estilo de vida, mis ingresos y la vivienda.
Nadie me trataba con hostilidad, pero cada pregunta parecía una prueba de mi estabilidad moral. Entendían que debían asegurarse de que no descuidaría a mi hermano y de que la familia estaba preparada para acoger a Iñigo. En el fondo, la incertidumbre me carcomía: mi esposo, Sergio, no está acostumbrado a la presencia constante de un familiar con necesidades especiales, y mi hija mayor, Begoña, aún no había dicho cómo asimilaría todos estos cambios.
Al día siguiente de la visita a Protección, volví a la casa de mis padres para comprobar cómo vivía Iñigo solo. Las habitaciones vacías resultaban extrañas, el viejo aparador donde mi madre guardaba la loza familiar evocaba tiempos pasados. Iñigo estaba sentado en el sofá del salón, con las piernas cruzadas, mirando por la ventana. Necesitaba que le ayudara a tomar la medicación, a preparar una comida sencilla, a calentar agua para su higiene. Cada tarea me resultaba más urgente: en pocos días tendría que decidir si se mudaba a mi piso o si yo me trasladaría temporalmente a la casa de mis padres. Pero los amigos de la universidad de Begoña y los asuntos familiares en la ciudad me esperaban, y el jefe me requería un pronóstico de los informes con urgencia.
No llegué a convocar una reunión familiar, pero comprendí que ya no había tiempo que perder. Iñigo carece de fuerza para cocinar o para ir al supermercado por sí mismo. Mi madre había hecho todo por él durante años, y ahora esa carga recae sobre mí. Al regresar a la ciudad, una avalancha de preguntas giraba en mi cabeza: ¿de dónde sacaría los recursos para atender a mi hermano sin perder el empleo y sin desquibir el frágil equilibrio de mi propio hogar?
Tres días después cayó la primera nevada y las aceras heladas obligaban a caminar despacio. Gestioné una ayuda social temporal, pero pronto me di cuenta de que no bastaba: Iñigo necesitaba asistencia permanente. Mientras revisaba los documentos, Sergio insinuó que debíamos hablar del presupuesto. Vivimos en un piso de tres habitaciones en las afueras de Madrid: una la ocupa Begoña, otra es la oficina de Sergio, y el salón sirve de punto de encuentro para todos. Instalar a Iñigo allí sería lo más sencillo, pero mi marido decía que no tendría espacio para sus videoconferencias de trabajo. Propuso remodelar el trastero, pero parecía una medida a medias.
Antes no había notado cuán estrecho podría quedar el hogar hasta que imaginé a Iñigo desplazándose por el pasillo con sus muletas especiales. Sergio no decía nada directamente, pero su tono dejaba entrever tensión. No quería ignorar los problemas de Iñigo, pero tampoco estaba dispuesto a cambiar sus hábitos. Por las noches repasaba posibles soluciones: alquilar una habitación para él, redistribuir los muebles, llamar a un trabajador social. Todas esas ideas me parecían incompletas, pues sabía que Iñigo quería estar con la familia, no encerrado tras una puerta que nadie abre.
En el trabajo la presión también aumentaba. Tras mi permiso, se acumularon contratos sin firmar y el jefe empezó a lanzar quejas. Cada día me quedaba hasta tarde para ordenar los archivos, porque no podía marcharme antes; la carga en contabilidad se disparaba al acercarse el cierre de año. Por la mañana tomaba café en termo y corría primero a la casa de mis padres para visitar a Iñigo, comprobar cómo había pasado la noche y ayudarle con la limpieza; luego me apresuraba a la oficina y, al volver, encontraba a Sergio ya cansado de las charlas familiares. Begoña, que ese año terminaba el bachillerato y se preparaba para la defensa de su proyecto, también tenía sus propios asuntos.
Mamá, ¿cuándo vamos a sentarnos a hablar? exclamó Begoña una tarde en el pasillo, al verme pasar. No quiero discutir, pero estás siempre con Iñigo o en la oficina y nunca tengo tiempo para contarte mi práctica.
Suspiré y le pasé la mano por el pelo. Lo siento. De verdad quiero saber cómo vas, pero ahora mismo estoy hecha polvo. ¿Qué te parece si el fin de semana salimos los tres?
Begoña encogió los hombros y se marchó a su habitación sin decir nada más. Sentí que había llegado el momento en que ya no podía mantener todas las direcciones a la vez.
A principios de diciembre conseguí una consulta gratuita para Iñigo en la clínica del barrio. Necesitaba ver a un neurólogo y a un médico de familia, además de tramitar nuevos documentos para la lista de medicamentos y terapias de rehabilitación. En los pasillos del hospital había largas colas y Iñigo empezaba a impacientarse al estar demasiado tiempo en una silla dura. Le hablaba de los paseos que dábamos de niños cuando mi madre nos llevaba por las calles tranquilas de la villa. Iñigo sonreía débilmente, pero la ansiedad permanecía hasta la visita. Los médicos solicitaron pruebas adicionales y la enfermera me advirtió que el cuidado de un paciente así no era sencillo: habría que adaptar la medicación con regularidad y vigilar la carga sobre sus articulaciones.
Al mismo tiempo descubrimos que el invierno dificultaría aún más que Iñigo saliera solo de casa. Los atascos de nieve y el hielo eran un riesgo para sus muletas. Comprendí que mi ayuda se volvía indispensable y los días no tenían horas suficientes. Al volver a casa, calenté una comida a la carrera, pero apenas tomé un sorbo de agua; la cabeza me dolía de tanto cansancio y los pensamientos corrían sin parar. ¿Dónde encontraría apoyo fiable?
Sergio intentó, en un par de ocasiones, conversar conmigo sobre la distribución de gastos y tiempo: si Iñigo se mudaba con nosotros, subirían las facturas de luz, agua y requeriríamos equipamiento especializado. Una noche, con la helada que se asentaba fuera, empezó a hablar en la cocina:
Lena, no podemos hacer como si nada. Si vas a trasladar a Iñigo, hay que planearlo todo. Entiendo que lo necesita la familia, pero ya estamos al límite
Me senté a la mesa, intentando mantener la calma. No ignoro los gastos, pero lo primero es que Iñigo no quede solo. ¿Ves lo mucho que le cuesta? No quiero dejarlo en manos de la asistencia social, que ya está bastante sobrecargada.
Sergio se pasó la mano por la barbilla y se reclinó. Lo entiendo, pero los cuatro vamos a quedar apretados. Además, tú casi nunca estás en casa. ¿Dónde encajará mi trabajo?
Su voz, aunque calmada, dejaba entrever descontento. Quise replicar, pero me contuve. La culpa y la confusión flotaban entre nosotros.
A mediados de diciembre Begoña propuso una cena familiar para decidir el futuro y pidió a Sergio que llegara antes. Ya entonces la nieve cubría la ciudad como un torbellino, y el día se hacía cada vez más corto. Yo, que llevaba a Iñigo a una consulta de oftalmología, llegué al apartamento con la carpeta de informes y una bolsa de la compra. Eran casi las siete de la tarde cuando todos se reunieron en el salón.
Mamá, ya no puedo seguir callada comenzó Begoña, mirando a ambos. Necesito saber si podré contar contigo después del examen final. Voy a buscar un trabajo a tiempo parcial y tengo mil dudas. Pero tú siempre estás con Iñigo o en la oficina.
Sergio asintió. Exacto. Yo tampoco tengo tiempo para aconsejarte, Lena, porque cuando tú apareces, no vemos cómo hablar tranquilos.
Quise responder, pero la idea de que todos me lanzaban reclamos me paralizó. Me levanté de la silla y casi grité. ¿Creen que es fácil para mí? ¡Estoy desgarrada entre vosotros y mi hermano! ¡Mamá acaba de morir, la vida ha dado un vuelco! Podríais preguntar a Iñigo directamente y ofrecerle ayuda
Sergio alzó la voz. ¿O nos estás acusando? ¿Crees que no intentamos? ¿Y mi nuevo proyecto, lo has olvidado? Parece que solo importa Iñigo.
Las palabras se quedaron suspendidas como un resorte a punto de romperse. Begoña se puso pálida y salió de la habitación. Sergio y yo nos quedamos frente a frente, sabiendo que el equilibrio anterior se había roto.
Sergio se giró de golpe, cogió su chaqueta y salió para refrescarse al aire. Yo me quedé, apretando los puños de la frustración. Todo lo que habíamos temido decir había estallado. Entendí que no había vuelta atrás y que tendría que elegir cómo seguir viviendo, ayudando a mi hermano sin destruir por completo a la familia.
A la mañana siguiente, tras la discusión, desperté en el sofá. Esa noche Sergio no volvió y volver a la vivienda sin haber hablado me parecía cobardía. Sobre la mesa de la cocina, junto al portátil, estaban los papeles de la tutela, arrugados por la tentativa nocturna de ordenarlos. La luz tenue de diciembre se filtraba por la ventana, y una franja de escarcha temblaba en la cortina: el día se anunciaba frío y largo.
El móvil mostraba llamadas perdidas del jefe. Abrí el mensajero y, en lugar de excusas, envié un breve texto solicitando un horario parcial remoto hasta final de trimestre y prometiendo enviar por la tarde el plan de cierre de los informes. Al enviarlo, sentí un extraño alivio: por primera vez en semanas dejé de disculparme y expresé lo que yo necesitaba.
Al mediodía llegué a casa de mi hermano. Iñigo me encontró en la puerta, agarrándose al umbral. ¿Estás bien? preguntó, percibiendo la tensión en mi rostro. Me senté a su lado y le conté el estallido de la noche anterior y que quería llevarlo a mi piso al menos un mes mientras resolvían la tutela. Será estrecho dijo, pero si es necesario, no me opongo. Sonreí; hoy lo único que importaba era su consentimiento.
Esa noche Sergio apareció en la casa de mis padres, helado y irritado, pero sin rodeos. Nos quedamos en el umbral, bajo la lluvia, y él dijo. Me he pasado de la raya. Distribuyamos las tareas: yo necesito un sitio para trabajar, tú tiempo para Iñigo. Yo asentí y propuse el domingo para una reunión familiar. Esa fue mi primera decisión firme después del funeral.
La reunión tuvo lugar en la cocina de nuestro piso, donde olía a grelos y pan recién horneado. Sobre la mesa había un cuaderno con tres columnas: «Iñigo», «Trabajo», «Asuntos familiares». Begoña sugirió dividir el dormitorio con una pantalla, trasladar el escritorio de Sergio al pasillo y destinar el salón a Iñigo con una rampa plegable hacia el balcón. Yo me encargo de la farmacia y del horario de los medicamentos dijo. Sergio aceptó instalar pasamanos y comprar una silla de baño plegable. Yo anoté la alimentación matutina y el contacto con la Protección. La solución resultó sencilla, pero nos costó admitir que yo sola no lo lograría.
En enero trabajé desde casa tres días a la semana, con el portátil junto a la ventana, controlando los cálculos y, a través de videollamada, consultando al departamento de contabilidad. Según el Estatuto de los Trabajadores, tengo derecho a cuatro días de permiso mensual para el cuidado de un familiar incapacitado, y presenté la solicitud al departamento de recursos humanos. No era mucho, pero sí oficial: el Estado reconocía mi necesidad de estar junto a Iñigo.
A finales de febrero la inspectora de la Protección de menores vino a inspeccionar el domicilio. Sergio había fijado pasamanos en el pasillo, Begoña había puesto en la mesa los documentos, los pasaportes y la lista de medicinas. La inspectora interrogó a Iñigo sobre su rutina, verificó la apertura de puertas y anotó: «La habitación cumple, la responsabilidad está repartida, no hay conflictos». Cuando se marchó, por primera vez pude soltar una risa corta y lágrimas cansadas. Comprendí que el sitio de Iñigo en nuestra casa ya era una realidad, no una hipótesis.
En marzo llegaron los primeros charcos de agua en la acera. Por la mañana, mientras el hielo todavía se aferraba a los charcos, ayudaba a Iñigo a hacer su serie de ejercicios: flexiones de brazos y ligeras inclinaciones. Sergio hervía agua, quejándose de la demora del servicio de entrega de la silla ortopédica. Begoña se dirigía al instituto, revisando la lista de la compra; le había confiado la gestión mensual de los medicamentos mediante receta electrónica. Todo transcurría más despacio, pero nadie gritaba, y eso valía más que las semanas de insomnio del invierno.
Ese mismo día el cartero dejó una carta certificada: la resolución que otorgaba la tutela entraba en vigor. En el último párrafo se indicaba que al tutor le correspondía una complementación a la pensión y la posibilidad de una revisión anual. La cantidad era modestita, pero cubría parte de la fisioterapia. Por primera vez me permití apagar el móvil una hora y simplemente observar cómo los rayos del sol se reflejaban en el asfalto mojado.
Al atardecer entré en la sala. Iñigo estaba junto a la ventana, hojeando un viejo álbum de fotos de mi madre que había llevado conmigo durante el día. Le puse una taza de té caliente, ajusté ligeramente el marco del retrato familiar y me senté a su lado. En el pasillo, el interruptor emitió un clicSergio bajó la luz, indicando que era hora de descansar. Begoña tarareaba algo mientras guardaba su mochila. Toqué la mano de mi hermano: la vida se había vuelto más estrecha, las cuentas más altas, el sueño más corto, pero alrededor reinaba una nueva tranquilidad, sin la constante amenaza latente. Desde la calle se escuchaba el golpeteo regular del agua derretida contra la zanja. Lo escuché y pensé que, al fin, en casa siempre habría alguien que respondiera: «Estoy aquí».







