Un paso hacia uno mismo

Lo recuerdo como si fuera ayer, en aquel marzo de finales de los años setenta, cuando el frío todavía se aferraba a las calles de Valladolid. Cada día, casi sin falta, salía de casa alrededor de las diez de la mañana acompañada de mi hija Begoña, una joven de veintidós años de rostro serio y mirada siempre alerta, como si aguardara el más leve crujido del viento. El pavimento brillaba con los charcos que dejaban los últimos restos de nieve, y una brisa tibia susurraba que la primavera aún no había despertado por completo.

Hace unas semanas, el psicólogo de Begoña le había sugerido que ingresara en un programa diurno para trastornos de ansiedad. Yo, Dolores, recibí la noticia con una mezcla de alivio y temor; la palabra clinica me sonaba a cerradura, pero también a posible salvación. Ese mismo día, como en los anteriores, caminamos hasta la parada del autobús más cercana. Yo frenaba en los semáforos para que Begoña no se sobresaltara con los claxones, y llegamos a la fachada de la clínica municipal, cuyo edificio gris nos recibió con una luz blanca y uniforme.

Los especialistas explicaban que el programa diurno era una terapia ampliada: los pacientes permanecían allí casi todo el día, pero volvían a casa al anochecer. Nos informaron que los familiares podíamos entrar de nueve de la mañana a seis de la tarde, siempre respetando el protocolo: colgar el abrigo en el guardarropa, ponerse unas cubrecalzado y silenciar los teléfonos. Yo, sin darme cuenta, ya había puesto el móvil en silencio al cruzar el vestíbulo, para no asustar a Begoña con un timbre repentino. Desde la mañana sentía una tensión creciente; los próximos horas se iban a pasar entre pasillos austeros, lámparas de luz fría y conversaciones susurradas entre médicos.

Los últimos meses habían sido duros para mí. Trabajaba en una pequeña agencia de empleo, llamando a candidatos y gestionando sus fichas, siempre con la cabeza en mil cosas a la vez. La ansiedad de Begoña se había ido gestando poco a poco: en la universidad empezó a faltar a clases, temía las multitudes y sentía el corazón a mil por los exámenes. Al principio lo atribuí al estrés típico del estudiantado, pero tras varios episodios de pánico decidimos buscar ayuda profesional. Así comprendimos que necesitábamos frenar el ritmo y vigilarla con más atención.

Al entrar en el vestuario, colgué mi abrigo largo y pesado y, mientras me calzaba las cubrecalzado, Begoña apretó mi mano. La enfermera nos condujo al área de admisión y, al recorrer el corredor, percibí la presencia de otras personas: muchos de edad similar, algunos con expresión de preocupación, otros más relajados. En una esquina conversaba una pareja de esposos, probablemente el hijo de ellos era paciente; a su lado, una mujer con el bolso en el regazo mostraba una sonrisa forceda pese al cansancio evidente. El ambiente estaba cargado de una tensión compartida; todos esperábamos el momento de poder ver a sus seres queridos, sin querer entablar conversaciones intrusivas.

Al principio, me mantuve a distancia, con los propios temores revoloteando en mi cabeza: ¿qué dirán los médicos? ¿Será el diagnóstico más grave de lo pensado? Pero pronto me senté junto a otra madre, de unos cincuenta años, con corte de pelo corto y un pendiente en la oreja izquierda. Su mirada cansada se iluminó al notar mi presencia, y con voz baja me preguntó si era mi primera visita. Le respondí que también esperaba resultados, que Begoña estaba pasando por un momento difícil y que nos habían recomendado grupos de entrenamiento psicológico más que medicación. Así nació una conversación con Rosa, quien me contó que en ese centro se trabajaba también con los familiares, ofreciendo consultas grupales para aliviar la carga emocional.

Una enfermera de bata clara apareció y nos informó de que las consultas con los especialistas no tenían un horario fijo; a veces habría que aguardar media hora o una hora en los pasillos. Miré mi reloj y recordé que debía pasar brevemente por la oficina más tarde, pero decidí quedarme con Begoña. El pensamiento de volver al trabajo me irritó; sentí culpa por no poder organizar todo a la perfección. Rosa, percibiendo mi inquietud, sugirió que fuésemos al pequeño comedor del primer piso a tomar un té. Allí, bajo la luz tenue de las lámparas, serví mi taza pero apenas percibí el sabor; mi mente giraba en torno a la incertidumbre de cómo estaba Begoña.

Al regresar al corredor, el movimiento era ya mayor: pacientes salían de consultas, otros se dirigían a los talleres grupales y algunos firmaban papeles en la recepción. La enfermera devolvió a Begoña, quien, un poco ruborizada, se sentó a mi lado y relató que el médico le había preguntado por la frecuencia de sus crisis y le había prescrito un ansiolítico, además de invitarla a una sesión grupal más tarde. Cuando Begoña se levantó para ir al baño, Rosa reapareció con su propia hija, una joven morena de baja estatura, discutiendo en voz baja pero sin levantar la voz.

En ese instante, una ola de recuerdos me invadió: hacía un año Begoña me había confesado que a veces sentía que el pecho se le aplastaba y le costaba respirar. Yo le daba consejos lógicos, asegurándole que era solo miedo. Ahora, en aquel pasillo casi silencioso, comprendí que esos síntomas también los había sentido yo, tras largas jornadas de trabajo, llamadas de clientes y discusiones familiares. Yo solía decirme a mí misma solo es cansancio, pero al observar a los demás padres, vi reflejado mi propio temor.

A mediodía, varios familiares empezaron a buscar algún tipo de reconciliación con su propia inseguridad: algunos salían a tomar aire fresco, otros leían folletos sobre los programas de terapia. En la pared había un cartel que anunciaba consultas adicionales para acompañantes, con la frase Los problemas de ansiedad de los familiares son tan importantes como los del paciente. Esa línea me erizó la piel; sentí un hormigueo inesperado en el pecho. Miré a mi alrededor y vi a Rosa esperando a su hija, a la pareja que discutía acaloradamente, y comprendí que todos habíamos venido no solo por nuestros hijos, sino también por nosotros mismos.

De pronto, una enfermera pasó junto a mí, sonrió y preguntó si todo estaba bien. Respondí con un gesto mecánico, aunque la ansiedad subió a la garganta. Había estado tan ocupada con la angustia de Begoña que había dejado de notar cómo mis propios hombros se tensaban día tras día. En ese momento supe que estaba frente a una encrucijada: seguir fingiendo que todo estaba bajo control o admitir que necesitaba ayuda. En lo profundo, la segunda opción ya se había gestado.

Respirando despacio, miré el reloj al final del pasillo; pronto terminaría la consulta de Begoña y los médicos probablemente nos invitarían a una breve charla. Sentí, con claridad, que no había marcha atrás. Tenía que apoyar a mi hija, pero también debía reconocer mis propias necesidades. No supe cómo expresarlo en voz alta, pero el siguiente minuto prometía ser distinto. Apreté los puños, me levanté de la silla y sentí que había tomado una decisión crucial. No habría vuelta al punto de partida; todo estaba cambiando.

Cuando Begoña salió del consultorio, sus hombros estaban encorvados y el día ya se alargaba hacia la tarde gris. Me senté en un banco del pasillo y la observé; el médico le había recetado un medicamento para las próximas semanas y había prometido seguir su evolución. También nos había invitado a una consulta conjunta, pero me pidió que esperáramos un poco. Le sonreí ligeramente, percibiendo cómo su mano temblaba ligeramente por el largo diálogo con el terapeuta. Sentí una extraña mezcla de alivio y preocupación: la ayuda había llegado, pero ahora ambos necesitábamos más paciencia y fuerza.

Rosa, con quien había entablado amistad durante el día, se acercó y se sentó a mi lado. Su hija hojeaba un folleto sobre los talleres grupales. Le pregunté cómo les estaba yendo, y ella, algo distraída, contestó que probablemente necesitarían varias sesiones para ver resultados. El médico había descrito su programa como integral: ejercicios, charlas y conversaciones con especialistas. Rosa miró a Begoña y, con voz cálida, dijo: Nuestros hijos esperan que nosotros los guiemos con seguridad, pero a veces nosotros mismos apenas aguantamos. Yo asentí, sintiendo cómo un nudo de calor se formaba en mi garganta; yo también había perdido el contacto con mis propias emociones mientras me enfocaba en la ansiedad de mi hija.

Mientras los pacientes iban y venían, los padres trataban de no entorpecer el proceso. Algunos susurraban a sus compañeros, otros leían libros, y todos miraban el reloj, pues las sesiones podían prolongarse hasta las seis de la tarde. Mi espalda empezó a doler por el tiempo sentado, así que propuse a Begoña que dieran una vuelta por el corredor. Ella aceptó, pareciendo un poco más tranquila; el medicamento debería disminuir su ansiedad. Al pasar junto al stand de información para familiares, Begoña se volvió hacia mí y, con voz tímida, preguntó: Mamá, ¿tú también tienes esos miedos?. Yo, sin esperarlo, respondí que sí, que a veces el estrés del trabajo me hacía temblar. Al confesarlo, sentí que una ligera sensación de liberación se instalaba en mi pecho.

En ese momento, una enfermera nos llamó para que participáramos en una breve sesión de terapia familiar. Entramos en una sala modesta con una mesa y dos sillas. El doctor, de unos cincuenta años, nos recibió con una mirada amable y escuchó el breve informe de Begoña. Luego se dirigió a mí: ¿Cómo está usted?. Sentí el impulso de esconder mi vulnerabilidad, pero recordé la temblorosa mano de Begoña, las noches en vela y los latidos acelerados. Respire hondo y respondí que no estaba bien. El doctor asintió y explicó que el centro ofrecía grupos de apoyo también para los familiares que sufrían agotamiento emocional. Si lo desea, podemos programarle una consulta con nuestro psicólogo, sugirió con serenidad. Miré a Begoña y vi en sus ojos la aprobación silenciosa: también puedes intentarlo, mamá.

Acepté y el médico anotó la propuesta en su agenda. Salimos del consultorio y Rosa, que estaba cerca, nos saludó con una mano. Su hija ya había cambiado de zapatos, lista para irse. Rosa me preguntó si todo había ido bien; yo, con una sonrisa cansada, respondí que sí, que también me inscribiría en los talleres para familiares. Rosa asintió, diciendo: Cuando no estamos descansados, difícilmente podemos apoyar a los demás. Me entregó su número para recordarme las próximas sesiones y yo, por fin, me sentí lista para cuidar de mí misma.

Colgué el abrigo en el guardarropa, verifiqué que Begoña no necesitara más tiempo y esperé a que se pusiera las botas. El centro cerraría en una hora, y el personal empezaba a preparar la lista de actividades para el día siguiente. Rosa y su hija se despidieron, prometiendo volver a los ejercicios de respiración. Las miré alejarse y sentí una mezcla de desconcierto y alegría: en un lugar que al principio me parecía ajeno, ahora había encontrado personas dispuestas a compartir sus dificultades y, a la vez, a ofrecer apoyo.

Al salir a la calle, el viento frío nos golpeó. El cielo estaba encapotado y las farolas empezaron a encenderse una a una. En la acera, una mujer observaba a varios pacientes que esperaban a sus seres queridos; al verlos, sentí que reflejaban mi propio temor, la necesidad de mostrarse fuerte sin romperse. Pero ya no me sentía sola. Horas antes había temido hablar de mis problemas, considerándolo una señal de debilidad; ahora comprendía que el mayor riesgo era esconderlos.

Caminamos despacio hasta la parada del autobús, cuidando que Begoña no se sobresaltara con el ruido del tráfico. Cuando el autobús apareció a lo lejos, ella me preguntó en voz baja: ¿Te arrepientes de haber aceptado esas consultas?. Le puse la mano en el hombro y contesté: No, porque si queremos salir de este lío, ambas tendremos que trabajar. Begoña asintió y me abrazó suavemente, y una oleada de reconocimiento recorrió mi pecho: no solo soy necesaria para ella, también tengo derecho a buscar ayuda.

Cuando el autobús abrió sus puertas, subimos una a una. El interior era estrecho, pero nos acomodamos lado a lado. Pensé en cuántas sesiones de terapia de dos semanas se requerirían y decidí averiguarlo al día siguiente. Lo esencial era que ya había tomado una decisión: no seguir relegándome al olvido. Begoña dejó reposar su cabeza contra la ventana, y yo, sintiendo una ligera molestia en la espalda, me enderecé y miré por el cristal. Más allá, la ciudad se extendía bajo la luz tenue de los faroles, como una promesa de cambios. No sería fácil ni rápido, pero habíamos puesto el primer paso en el camino donde cada miembro de la familia tiene derecho a buscar y recibir apoyo psicológico. En silencio, sonreí, confiando en que el día de mañana nos traería nuevas fuerzas.

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