En Madrid, todo el mundo conoce al magistrado Francisco Caparrós. Su sala de audiencias es un lugar donde la gente ríe, llora y vuelve a confiar en la justicia. Un lunes, una joven entró acompañada de su pastor alemán, un perro de asistencia con chaleco azul. Se llamaba María Begoña García y llevaba una bastón blanco. Era ciega de nacimiento.
Delante del magistrado había seis multas de aparcamiento, todas emitidas en la misma semana por estacionar en plazas reservadas a personas con movilidad reducida. María Begoña explicó con calma: «Nunca he conducido un coche. La policía me vio bajar de un VTC con mi perro guía y asumió que yo era la conductora». El magistrado frunció el ceño. «¿Me está diciendo que una mujer ciega con su perro guía recibió multas por aparcar?»
María Begoña asintió. «Un agente me dijo que me movía con demasiada seguridad para ser ciega, que mi perro era solo un adorno». El silencio invadió la sala. El magistrado llamó al representante de la Comisión de Personas Ciegas, quien confirmó que María Begoña había nacido ciega y que su perro, Luna, estaba certificada como guía.
A petición del magistrado, la joven mostró cómo Luna la asistía. «Luna, busca la puerta», ordenó. El perro la condujo con seguridad hasta la salida y la devolvió al tribunal. El público aplaudió. «Él es mis ojos», añadió.
El magistrado citó al agente José Luis Torres, quien había impuesto tres de las multas. «No me parecía ciega», dijo. «No llevaba gafas de sol, llevaba el móvil». El magistrado respondió: «Cuando alguien le dice que tiene una discapacidad, no le corresponde a usted decidir si parece «suficientemente discapacitado». Eso es un prejuicio».
Se abrió una investigación: en el último año, Madrid había registrado 247 multas a personas con discapacidad, de las cuales 89 eran a ciegos. El magistrado Caparrós dictó: «Esto termina hoy». Las seis sanciones fueron anuladas. El Ayuntamiento pidió disculpas públicas a María Begoña. El agente Torres tuvo que asistir a un curso de sensibilización sobre discapacidad y redactar una carta de perdón personal. «No busco lástima», dijo María Begoña. «Quiero comprensión».
El caso provocó una reforma: ya no se permitirán multas a conductores sin documento que justifique la discapacidad, se establecerá formación obligatoria sobre discapacidad para la policía y se crearán nuevos procedimientos de recurso. En seis meses, el número de multas indebidas cayó un 94%.
Los medios anunciaron al «perro que cambió el ayuntamiento». Luna recibió el Premio a la Excelencia de Perros de Servicio y María Begoña fundó la asociación sin ánimo de lucro Ceguos Sin Estereotipos, que forma a policías y al público.
En una charla de TED, ella dijo una frase que quedó grabada: «Si me vio caminar con seguridad y pensó que no podía ser ciega, no es mi limitación, es la suya».
Hoy, en el despacho del magistrado Caparrós cuelga una copia enmarcada de una de sus multas, con la anotación: «Desestimada porque los prejuicios son barrera mayor que la propia discapacidad».
María Begoña sigue viviendo en Madrid, casada con su perro Luna. Cuando la encuentran en la calle, sonríe y comenta: «El mundo no necesitaba que yo viera; necesitaba que abriera los ojos».
La lección es clara: quien juzga sin conocer la realidad solo se ciega a la propia humanidad.







