Parada inesperada
Begoña va corriendo. Siempre llega tarde: al trabajo, a los cafés con sus amigas, incluso a las citas. Hoy es crucial que llegue a tiempo: en dos horas tiene una entrevista en una consultora de renombre y, si la falla, se quedará sin empleo al menos medio año, porque no tiene otra oferta tan importante.
El autobús llega a la parada justo cuando ella, sin aliento, sale del portal del edificio. Begoña se lanza hacia la calle, pero tropieza con el bordillo y cae frente a la parada. El autobús, sin detenerse, cierra las puertas y parte.
¡Maldición! exclama, sintiendo el golpe en la rodilla y las rasguños en las manos.
¿Le ayudo? le pregunta un hombre que se inclina sobre ella.
Begoña abre los ojos y ve unos ojos castaños, pelo oscuro y una sonrisa leve.
Gracias, pero ya no sirve de nada balbucea mientras se levanta. El autobús se ha ido y el siguiente no pasa hasta dentro de veinte minutos.
¿A dónde va con tanta prisa?
A la entrevista. Al centro.
El hombre mira su reloj.
Yo voy para allá. Le echo una mano.
Begoña duda un instante; ¿y si es un desconocido peligroso? pero el tiempo se le escapa.
¿Está seguro?
Claro. Por cierto, me llamo Alejandro.
Begoña.
Resulta que no es un peligro, el interior del coche huele a café y a madera. De fondo suena una suave melodía de jazz en la radio.
¿Suele coger a chicas que caen en la calle? pregunta Begoña, intentando aligerar el ambiente.
Solo a las que se tropiezan delante mío responde él serio, aunque en el rincón de sus ojos titilan chispas de humor.
Llegan diez minutos antes de la hora prevista. Begoña se baja del coche sin pedir su número, pensando que quizá le sirva.
¡Gracias! grita mientras se aleja a paso ligero.
¡Mucha suerte! le responde Alejandro.
La entrevista resulta sorprendentemente bien. Begoña sale de la oficina con la cabeza ligera y una sonrisa. Al mismo tiempo se topa con Alejandro, que está en la entrada sosteniendo dos vasos de café.
¿Cómo te ha ido?
Excelente. Pero ¿qué haces aquí?
Esperaba.
¿Para qué?
Para saber el resultado y proponer ir a celebrar a una cafetería, si tienes tiempo. Y hay motivo para celebrarlo.
Begoña suelta una carcajada.
Hay motivo. Y ahora tengo mucho tiempo libre. Me han aceptado, pero no podré incorporarme hasta dentro de un mes.
Entonces, ¡más motivo! Vamos a la cafetería.
Pasaron tres horas charlando sobre libros, viajes y anécdotas tontas. Alejandro resulta ser arquitecto, le encantan las películas clásicas y detesta las aceitunas. Begoña habla de su pasión por la pintura y de cómo, de niña, soñaba con ser bailarina, pero abandonó la danza tras romperse una pierna al saltar en un charco.
Así que tus caídas son tu punto débil comenta Alejandro.
¿Y el tuyo?
Atraparte cuando te caes.
Durante ese mes se ven a diario. A veces pasean, otras salen de excursión al campo; una vez se mojan bajo la lluvia y corren de vuelta al coche riendo y tropezando.
Te dije que caías demasiado a menudo bromea él mientras sacude su chaqueta.
Pero siempre estás allí para levantarme.
El día que Begoña comienza su nuevo trabajo, Alejandro la recibe en la oficina con un ramo de peonías.
¿Esto por qué? se sorprende ella.
Solo por eso.
Seis meses después, le confiesa su amor, no en una terraza ni en el parque, sino en la misma parada donde se conocieron.
¿Recuerdas que te caíste entonces?
Cómo olvidarlo.
Desde ese momento no me he puesto en pie. Me desarmaste al instante.
Begoña ríe, pero sus ojos brillan.
Es la forma más extraña de decir «te quiero».
Pero sincera.
Se casan al año siguiente. Cuando ya espera su primer hijo, Alejandro la lleva de nuevo a la parada donde todo empezó.
Mira señala el asfalto aquí quedó una rasguña de tus llaves.
No es cierto se ríe ella, inclinándose para inspeccionar. El embarazo ya le impide agacharse con facilidad.
Alejandro la sujeta bajo el brazo:
Vas a volver a caer.
No caigo, solo mi equilibrio ha cambiado.
Coloca su mano sobre el vientre redondeado:
¿Nuestro pasajero está tranquilo hoy?
Acaba de despertar responde Begoña, presionando su mano contra el lugar donde el bebé se mueve.
Alejandro se queda con una sonrisa tonta, como siempre cuando siente esos pequeños empujones.
¿Sabes en qué pienso? la abraza por la cintura. Si el autobús no se hubiera ido
Te habría encontrado de todas formas la interrumpe. En el centro de salud, en una tienda, en el aparcamiento. O en el parque donde te gusta leer.
Romántico le dice, dándole un golpecito en el costado.
Realista.
Caminan despacio hacia el coche. Begoña avanza con cautela, como si llevara una pieza de porcelana en vez de un bebé que balbucea.
Entiendes, ¿verdad? dice Alejandro, abriéndole la puerta. Ahora tendré que levantar a dos.
Begoña presiona su mano contra su mejilla:
¿Lo lograrás?
Lo intentaremos le da un beso en la coronilla, como siempre cuando le cuesta decir algo demasiado sentimental.
Un mes después, mientras llevan al recién nacido del hospital, Begoña suelta una risa:
Mira, es tan impaciente como yo. No podía esperar a salir del vientre.
Alejandro, sin apartar la vista de la carretera, cubre con una mano los dedos de Begoña:
Lo importante es que no herede tu costumbre de caerse.
No te preocupes responde ella, mirando al niño que ya se ha calmado. Tiene a su padre.







