Valora lo que tienes

Valora lo que tienes

Había una familia que, vista desde fuera, parecía muy sólida. Alejandro y Lucía no fueron amor a primera vista, sino algo más firme y cotidiano, como un par de pantuflas gastadas. Se conocieron en la escuela primaria, él le llevaba la mochila y ella le hacía copiar álgebra. Después siguieron al instituto, compartieron fiestas, paseos por la sierra, canciones alrededor de la hoguera. Se casaron jóvenes, casi sin pensarlo, como sus familiares murmuraban. Pero ese hijo inesperado, el pequeño Daniel, se convirtió en el tesoro más querido de los padres.

Vivían con la madre de Lucía, una casa de tres habitaciones en el barrio de Lavapiés, Madrid. La suegra, María del Carmen, mujer de rostro serio y mirada de investigadora, no aceptó a Lucía al principio. Su veredicto silencioso era no encaja. Hija de un obrero sencillo, sin nada de relucir, ¿qué había visto Alejandro en ella? María del Carmen se mostraba con Lucía de forma deliberadamente distante; ese desdén helado resultaba peor que cualquier reproche. Lucía, sintiendo el hielo, trató de pasar desapercibida, limpiando suelos, cocinando, lavando ropa, arrullando a Daniel, convirtiéndose en una sombra dentro de su propia familia.

La historia ocurrió un jueves cualquiera. María del Carmen volvía de la farmacia del barrio, donde había comprado el medicamento que necesitaba porque le faltaba el analgésico habitual. Pensaba en su pensión, en el aumento del precio del chorizo (ahora 6, antes 4) y en que Lucía había preparado carne sin cebolla, aunque a Alejandro le encantaba. De repente, su corazón, acostumbrado a los espasmos, se contraía no por enfermedad sino por horror.

Desde el parque, salían dos personas tomadas del brazo. Alejandro, con el mismo jersey que Lucía le había planchado la noche anterior, y una mujer. No una muchacha, sino una joven radiante, como un loro entre una multitud de gorriones. Llevaba tacones rojos que resonaban en el pavimento, un abrigo rosa que ondeaba al viento y una risa sonora, algo descarada, que atraía miradas. Miraba a Alejandro con una admiración que nunca le había dedicado a su esposa.

¡Bastardo!, se cruzó por la mente de María del Carmen, la palabra más suave que pudo imaginar. ¿Y Lucía? ¿Y Daniel?

Se quedó paralizada, encaramada contra la pared, con las manos temblorosas. Dentro de ella todo se trastocó. La nuera, antes vista como una ladrona de su hijo, emergía ahora como víctima de las circunstancias. María del Carmen había inculcado durante años a Alejandro que ella no era la adecuada, que merecía algo mejor. Lo había modelado como un príncipe, pero él resultó ser sólo un caminante que tomó un desvío.

Esa tarde, María del Carmen rondaba la vivienda como una bestia herida. Lucía, sin sospechar nada, jugaba con Daniel en el baño, canturándole una canción. Ese canto, sin querer, irritaba aún más a la suegra. Alejandro llegó cansado, pero con una chispa inusitada en los ojos.

Mamá, ¿por qué andas como una hoja al viento? le preguntó, besándole la mejilla. Hacía un leve perfume de perfume barato.

Lucía se retiró al dormitorio a acostar a Daniel. María del Carmen, furiosa, irrumpió en el despacho donde Alejandro estaba frente al ordenador.

¡Te vi! chilló, cerrando la puerta de golpe. Hoy, a las cinco, con esa con esa chica de tacones rojos.

Alejandro se estremeció y giró lentamente. Un instante de miedo cruzó su mirada, pero rápidamente recuperó la compostura.

Mamá, no inventes. La acompañé a la oficina; se le rompió el tacón.

¡No me mientas! tituló su voz, temblorosa. Te vi mirarla como a una prometida. ¡Tienes familia, tienes hijo!

¿Qué esperabas? explotó él, perdiendo la calma. Tú siempre decías que Lucía era una ratona gris, que merecía algo mejor y ahora ¡felicidades!

Gritó en voz baja, temiendo que los vecinos escucharan. María del Carmen quedó paralizada, como golpeada por su propia palabra, que volvía como boomerang, trayendo no ira justa sino la carga de su culpa. Era copartícipe de aquella infidelidad.

Pero Lucía Daniel susurró, su voz cargada de desesperación.

Con Lucía ya casi somos extraños. A Daniel lo quiero, no lo dejo replicó Alejandro, volviendo al monitor.

Esa noche, María del Carmen no durmió. Miraba el techo y veía dos rostros: uno arrogante, de labios rojos, risueño, ajeno; y otro cansado, con ojos bondadosos, inclinado sobre la cuna del nieto. Pensó en cómo Lucía la noche anterior había preparado gelatina para Alejandro, su plato favorito, soportando en silencio su frialdad.

Aquella noche se convirtió en su juicio interior. No juzgó a Alejandro, sino a sí misma. Cada desaire, cada ratona gris, volvía a ella, cargándose de peso y sentido. Había cavado con sus propias manos la tumba en la que ahora se desmoronaba la familia de su hijo y el bienestar de su nieto.

El miedo a que Lucía descubriera la verdad y se marchara con Daniel la paralizaba. ¿Quedarse sola con un hijo infiel y sin su nieto? No lo permitiría. La verdad resultó más aterradora que la traición y ella eligió el silencio, pensando que ese silencio sería redención, no complicidad.

A la mañana siguiente, María del Carmen se levantó antes que todos. Cuando Lucía entró en la cocina, encontró la mesa puesta para el desayuno y una taza de té humeante.

Siéntate, Lucía dijo la suegra, con una voz inusualmente suave. Ayer estabas agotada con el niño, descansa. Yo le daré de comer a Daniel.

Lucía, sorprendida, tomó la taza sin esperar reproches.

Desde entonces, en el piso comenzó una revolución silenciosa.

Alejandro, ¿has visto cómo Lucía atañe a Daniel con esos cordones? comentó María del Carmen una noche, mirando al hijo. Tiene una paciencia que no tiene nadie.

Alejandro solo fruncía el ceño, concentrado en su plato.

¡Qué bien quedó la cazuela! exclamó Lucía, probando su propio guiso. Yo nunca lo había logrado. Eres una gran ama de casa.

Al principio Lucía solo se quedaba callada, temiendo una trampa. Luego asintió brevemente. Dos semanas después, cuando la suegra elogió su bordado en la almohada del bebé (¡Antes las costureras eran oro puro!), Lucía sonrió tímidamente por primera vez en años.

El hijo observaba la transformación con desconcierto y molestia.

Mamá, ¿por qué ahora le echas flores a la nuera? se quejó, quedándose a solas con ella.

Simplemente he abierto los ojos repuso María del Carmen, fría. Y te lo aconsejo.

No le dio una moraleja directa; simplemente le mostraba en carne viva el valor de quien había traicionado. Cada elogio a Lucía era un reproche a él.

Una tarde, cuando Alejandro volvió tarde trabajando, estaban él y Lucía en la cocina tomando el té. Daniel ya dormía.

María del Carmen dijo Lucía en voz baja. Gracias. Antes todo era un peso ahora se siente casi como en casa.

El corazón de la suegra se encogió; esas palabras, tan vulnerables, la hicieron llorar. Puso su mano seca sobre la de Lucía.

El hogar es donde te valoran, niña exhaló. Perdóname por todo.

Lucía comprendió que no se refería a la infidelidad, sino a los años de frío. Asintió y apretó brevemente los dedos de su suegra.

Alejandro vio cómo surgía entre las dos mujeres más importantes de su vida un vínculo que él no entendía. Su engaño, desconocido salvo para él y su madre, se había convertido en un espectro que envenenaba su existencia más que cualquier escándalo. Su madre no lo acusó; simplemente dejó de amar al hijo perfecto que había imaginado. Con su nueva actitud hacia Lucía obligó a Alejandro a ver a su esposa no como una ratona gris, sino como la mujer fuerte y digna que había despreciado.

La familia no se derrumbó de golpe. Se fue regenerando lentamente, con dolor y esfuerzo. La fuerza de esa renovación no fue la pasión, sino la tranquila, obstinada sabiduría de la suegra, que por su nieto y por expiar su culpa aprendió a amar a su nuera. En ese nuevo sentimiento halló más paz que en toda su vida anterior, rígida y fría.

Para Alejandro, la revelación llegó tardía y amarga. Primero se enfadó. Su madre lo traicionó cambiando de bando. Pero Lucía ni siquiera notó que él estuvo a punto de huir de la familia. No lloró, no hizo escenas; simplemente cambió.

Cambió sin darse cuenta, pero de forma irreversible. Como si le hubieran quitado una capa de polvo, dejó de encorvarse. Sus viejas ropas, a las que su madre llamaba de abuela, desaparecieron. Apareció una blusa nueva, elegida con la ayuda de María del Carmen, quien sabía de moda. No sonó como reproche, sino como constatación.

Una noche, Alejandro, encendiendo la tele, escuchó desde la cocina una risa suave y melódica. Se acercó a la puerta entreabierta. Lucía y su madre estaban sentadas sobre un álbum de fotos. María del Carmen contaba alguna historia mientras Lucía reía, con un rubor natural. En ese instante Lucía era verdaderamente bella, una calidez que le atravesó el pecho.

¿Cuándo fue la última vez que escuché su risa? pasó por su mente.

Comenzó a notar otras cosas: cómo Lucía explicaba pacientemente a Daniel sin perder la calma, cómo respondía a él con seguridad y propuestas, en lugar de dudas. Su ratona gris había desaparecido, reemplazada por una mujer que su propia madre respetaba.

El punto álgido llegó cuando, al buscar agua, encontró a Lucía sola junto a la ventana, observando la ciudad dormida y jugando con un mechón de cabello. En su rostro había una leve melancolía pensativa, como la protagonista de una película clásica.

Lucía empezó se truncó.

Ella se volvió, con solo una pregunta en los ojos.

¿Qué?, Alejandro?

Él se acercó y la abrazó, con una ternura firme.

Nada, balbuceó. Solo todo es bonito.

Sí respondió ella, abrazándolo también. Es reconfortante.

Esa noche no pudo conciliar el sueño; los recuerdos de la mujer estridente del parque se mezclaban con la imagen serena de Lucía junto a la ventana. La primera representaba un deseo vacío; la segunda, la verdadera raíz de su familia.

A la mañana siguiente, Alejandro no fue a trabajar y se quedó en casa. Cuando su madre salió al mercado, Lucía se preparó para pasear con Daniel.

Lucía, tenemos que hablar le dijo, bloqueándole el paso en el vestíbulo.

Ella tomó a Daniel de la mano.

Vámonos, Vani, a buscar el osito para el paseo dijo suavemente al niño, que salió corriendo. Cuando volvió, su mirada se volvió más distante.

Adelante.

Alejandro respiró hondo, mirando al suelo.

He sido un ciego, un idiota. Tú eres la mejor mujer que he tenido. Y la familia su voz tembló. Es tú y Vani. Haré lo que sea para que seáis felices.

Lucía guardó silencio, luego dijo:

Alejandro, me alegra oírte, pero que esas palabras se traduzcan en hechos.

Y sin darle tiempo a protestar, añadió:

¿Nos acompañas al paseo?

Sí exhaló él, aliviado. Por supuesto.

Salió con ellos, cargó a Daniel en sus hombros y el niño soltó una carcajada contagiosa. Lucía caminaba a su lado, y su cabeza rozaba su hombro de vez en cuando. En ese simple, cotidiano contacto había más valor que todos los tacones rojos y risas estridentes del mundo. Alejandro comprendió, con retraso y dolor, que lo más caro no era la pasión, sino la tranquilidad. No para que sino a pesar de todo. Y estaba dispuesto a pasar los años demostrando que merecía permanecer en esa quietud junto a ella.

Aprende a valorar lo que tienes, pues la verdadera riqueza reside en los lazos cotidianos.

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