Valora lo que tienes

Valorad lo que tenéis

Hace muchos años vivía una familia que, a simple vista, parecía muy sólida. Roberto y Victoria. No fue amor a primera vista, sino algo más firme y cotidiano, como esas pantuflas que uno tiene siempre a mano. Se conocieron en la escuela primaria, él le llevaba la mochila y ella le hacía copiar la álgebra. Después siguieron en el instituto, compartiendo salidas al bosque, cantando alrededor de la hoguera. Se casaron jóvenes, sin meditar demasiado, como sus familiares susurraban en voz baja. Pero el hijo que nació de ese impulso, llamado Miguel, se convirtió en el tesoro más preciado para los padres.

La pareja se instaló en la casa de la madre de Victoria. Un piso de tres habitaciones en el centro de Madrid, espacio suficiente para la recién formada familia. La suegra, Mercedes González, mujer de rostro serio y mirada de investigadora, no aceptó a Victoria al principio. «No es la adecuada», pronunció en silencio. Hija de un obrero sencillo, de aspecto corriente y sin mucho brillo intelectual, ¿qué había visto Roberto en ella? Mercedes trataba a su nuera con una frialdad calculada, y esa indiferencia helada resultaba peor que cualquier reproche. Victoria, sintiendo esa distancia, se hacía lo más invisible posible: limpiaba suelos, cocinaba, lavaba la ropa, mecía a Miguel, convirtiéndose en una sombra dentro de su propia casa.

Todo ocurrió un jueves cualquiera. Mercedes regresaba de la farmacia del barrio, porque la medicina que necesitaba no se encontraba en la cercana. Caminaba pensando en su pensión, en el precio de la jamón curado y en cómo Victoria había preparado las albóndigas sin cebolla, a pesar de que a Roberto le gustaban mucho. De pronto, su corazón, ya acostumbrado a los espasmos, se encogió no por enfermedad, sino por terror.

Al otro lado del parque salían dos personas tomados del brazo. Era su hijo, Roberto, con el mismo suéter gris que Victoria había planchado la noche anterior. Y una mujer. No una muchacha, sino una joven de aspecto llamativo, como un loro entre gorriones. Calzado rojo que golpeaba el pavimento, un abrigo color frambuesa ondeando al viento y una risa aguda, descarada, que llamaba la atención. Hablaba con la cabeza echada hacia atrás y Roberto la miraba con una admiración que no había dirigido a su esposa nunca.

«¡Qué descaro!», cruzó por la mente de Mercedes, y esa fue la palabra más suave que pudo formular. «¿Y la Victoria? ¿Y el Miguel?»

Se quedó inmóvil, apoyada contra la pared, sintiendo cómo sus manos temblaban de traición. Todo cambió dentro de ella. La nuera, antes odiada, ahora se veía no como una ladrona de su hijo, sino como una víctima de las circunstancias. Después de años, Mercedes había inculcado a Roberto que estaba «con la persona equivocada», que merecía algo mejor. Lo había moldeado como a un príncipe, y él había tomado otro camino.

Esa noche Mercedes deambuló por el piso como una fiera herida. Victoria, sin sospechar nada, atendía a Miguel en el baño, canturreando. Ese canto le llegaba a la suegra como una punzada más profunda. Roberto entró, cansado, pero con un brillo húmedo y nuevo en los ojos.

Mamá, ¿por qué vas de un lado a otro como una perdida? le preguntó, dándole un beso en la mejilla. Su aliento olía a perfume ajeno.

No pudo contenerse. Cuando Victoria se retiró a la habitación para acostar a Miguel, Mercedes irrumpió en el estudio donde Roberto estaba frente al ordenador.

¡Te vi! chilló, cerrando la puerta de golpe. ¡Hoy! ¡A las cinco! ¡Con esa con esa mujer de tacones rotos!

Roberto se estremeció y giró lentamente. En sus ojos se dibujó un instante de miedo, pero rápidamente recuperó la compostura.

Mamá, no inventes. Le acompañaba a la oficina. Se le rompió el tacón.

¡No me mientas! tremó su voz. ¡Te vi mirarla! ¡Andabas con ella como un novio! ¡Tienes familia! ¡Un hijo!

¿Y qué esperabas? exclamó él, dejando caer su fachada de calma. Tú misma decías que Victoria era una «ratona gris». Que podía encontrar a alguien mejor. ¿Y ahora? ¡Felicidades!

Gritó en voz baja, como temiendo que los vecinos escucharan. Mercedes se sobresaltó, como golpeada por su propio eco. Sus palabras, lanzadas años atrás, volvieron como boomerang, trayendo no solo ira, sino la pesada carga de su culpa. Ella misma había sido cómplice de aquella infidelidad.

Pero Victoria Miguel murmuró, y su voz no llevaba rencor, sino desesperación.

Con Victoria ya casi no somos nada. Y Miguel lo quiero, no me alejaré de él replicó Roberto, volteando de nuevo a la pantalla, como si terminara la conversación con un gesto.

Esa noche Mercedes no pudo dormir. Miraba al techo y veía dos rostros: uno altivo, con labios rojos, riendo, ajeno; otro cansado, con ojos bondadosos, inclinado sobre la cuna del nieto. Pensó en cómo Victoria había preparado la gelatina que a Roberto le encantaba hasta la madrugada, soportando en silencio la frialdad de Mercedes.

Aquella noche se convirtió en su juicio. Pero no juzgó a Roberto, sino a sí misma. Cada puñetazo, cada «ratona gris» o «no es la adecuada» regresaban a ella con peso y sentido. Como madre, había cavado con sus propias manos una trampa en la que ahora se enredaba la familia de su hijo y el bienestar de su nieto.

La idea de que Victoria descubriera la verdad y se marchara con Miguel le provocaba un horror animal. ¿Quedarse sola con un hijo infiel y sin su nieto? No podía permitirlo. La verdad resultó más aterradora que la traición, y optó por el silencio. Ese silencio debía ser redención, no complicidad.

A la mañana siguiente Mercedes se levantó antes que todos. Cuando Victoria entró en la cocina, la recibió no con la fría mirada de siempre, sino con una mesa puesta para el desayuno y una taza de té humeante.

Siéntate, Vicuña dijo la suegra, y su voz resultó inesperadamente suave. Ayer estuviste agotada con el niño, descansa. Yo alimentaré al pequeño.

Victoria se sentó, sorprendida, tomando la taza sin esperar reproches ni miradas esquivas. Desde entonces, en el piso comenzó una revolución silenciosa.

Roberto, ¿has visto cómo Vicuña enseña a Miguel a atar los cordones? podía comentar Mercedes durante la cena, mirando directamente a su hijo. Tiene una paciencia que no se encuentra. Tú deberías aprender.

Roberto sólo fruncía el ceño y se clavaba en el plato.

¡Qué bien ha quedado la cazuela! exclamó ella, probando el guiso preparado por la nuera. Yo nunca lo había logrado. Vicuña, eres una verdadera ama de casa.

Al principio Vicuña se quedaba perpleja, esperando alguna trampa. Luego asintió brevemente. Unas semanas después, cuando Mercedes elogió el bordado de la almohada infantil«¡Antes la mano de una costurera valía su peso en oro!»Vicuña sonrió tímidamente por primera vez en años.

Roberto observaba esa metamorfosis con desconcierto e irritación.

Mamá, ¿por qué ahora le rezas a la nuera? bufó, quedándose a solas con ella.

Simplemente he abierto los ojos replicó Mercedes con frialdad. Y te lo aconsejo.

No pretendía darle una moraleja, solo mostraba con hechos la valía de quien había traicionado. Cada halago a Vicuña era una puñalada para él.

Una noche, cuando Roberto volvió tarde del trabajo, se sentó con Vicuña en la cocina a tomar té. Miguel ya dormía.

Mercedes González dijo Vicuña de pronto, con voz queda. Gracias. Antes todo era tan duro ahora casi me siento en casa.

El corazón de Mercedes se encogió. Aquellas palabras, tan vulnerables, la hicieron llorar. Puso su mano reseca sobre la cálida mano de la nuera.

El hogar está donde te valoran, niña exhaló. Perdóname por todo.

No precisó decir por qué. Vicuña comprendió que no se trataba de la infidelidad, sino de los años de frío. Asintió y, por un instante, sus dedos se entrelazaron.

Roberto vio cómo surgía entre las dos mujeres más importantes de su vida una nueva conexión que él no comprendía. Su infidelidad, que nadie más sabía salvo él y su madre, se había convertido en un fantasma que envenenaba su existencia más de lo que cualquier escándalo habría hecho. La madre no lo reprendía; simplemente había dejado de amar al hijo perfecto que había imaginado. Con su renovado trato hacia Vicuña obligaba a Roberto a ver a su esposa no como una «ratona gris», sino como una mujer fuerte y digna a quien había traicionado.

La familia no se derrumbó de un día para otro. Se fue reconstituyendo, lentamente y con dolor. La fuerza de ese renacimiento no fue la pasión, sino la tranquila y obstinada sabiduría tardía de la suegra, que por el bien del nieto y por expiar su propia culpa aprendió a amar a su nuera. En ese nuevo sentimiento halló más paz que en toda su vida anterior, recta y fría.

Ese cambio también fue una revelación para Roberto.

Al principio se enfadó. Sentía que su madre lo había traicionado, pasando al lado enemigo. Y Vicuña Vicuña ni siquiera se percató de que él estaba a punto de abandonar la familia. No lloró, no hizo escenas; simplemente cambió.

Cambió sin que él lo notara, pero de forma irreversible. Como si le hubieran quitado una capa de polvo. Ya no se encorvaba. Sus vestidos, esos que su madre llamaba «de abuela», desaparecieron. Apareció una bonita chaqueta nueva «Mercedes me ayudó a elegir, sabe de moda» y eso no sonó a reproche, sino a constatación.

Una tarde, Roberto encendió la tele y escuchó desde la cocina una risa suave y melódica, no el murmullo habitual. Se levantó y, asomándose entre la puerta, vio a Vicuña y a su madre sentadas frente a un álbum de fotos. Mercedes le contaba alguna anécdota y Vicuña reía, con una rubicela natural en el rostro. En ese instante ella era bellísima, de verdad, con una serenidad y fuerza que le apretó el pecho.

«¿Cuándo fue la última vez que escuché su risa?», cruzó por su cabeza.

Empezó a notar otras cosas: cómo Vicuña explicaba con paciencia a Miguel sin perder la calma, a diferencia del grito que él solía dar cuando se cansaba. Cómo hablaba con él, Roberto, de asuntos cotidianos con seguridad, ofreciendo soluciones en vez de preguntas tímidas. Su ratona gris había desaparecido, sustitida por una mujer a quien, curiosamente, su propia madre había llegado a respetar.

El punto álgido llegó cuando, sin avisar, Roberto entró a la cocina buscando agua y encontró a Vicuña sola, mirando por la ventana la ciudad dormida, jugando con un mechón de cabello. No llevaba la mirada de sufrimiento sumiso, sino una melancolía ligera y pensativa. Recordó a una heroína de una película antigua, bella por su vida interior, algo a lo que él nunca había prestado atención.

Vicu empezó y se trabó.

Ella se giró. En sus ojos solo había una pregunta.

¿Sí, Roberto?

Se acercó y la abrazó, con ternura y firmeza a la vez.

No pasa nada balbuceó. Es bonito

Sí respondió ella abrazándolo. Muy sincero.

Esa noche no pudo conciliar el sueño; giraba y volteaba en la cama. Ante él se dibujaban dos imágenes: la mujer estridente del parque, con su risa hueca, y Vicuña junto a la ventana, calmada, fuerte, el centro de gravedad de su hijo y de su madre. Aquella familia que había estado a punto de abandonar por un placer fugaz.

A la mañana siguiente no fue a trabajar, tomó el día libre. Esperó a que su madre se fuera al mercado y a que Vicuña se preparara para pasear con Miguel.

Vicuña, tenemos que hablar le dijo, bloqueándole el paso en el recibidor.

Ella lo miró, tomando a Miguel de la mano.

Miguel, ve a tu cuarto y recoge el osito para el paseo dijo suavemente al niño. Cuando el pequeño salió corriendo, su mirada volvió a ser distante. Habla.

Roberto respiró hondo, mirando al suelo.

Yo he sido un ciego idiota. Tú eres la mejor mujer que he tenido. Y la familia su voz tembló, la familia somos tú y Miguel. Haré todo lo posible para que seáis felices. Todo.

Vicuña se quedó en silencio y, después, habló bajito:

Roberto, me agradan tus palabras. Sólo que no se queden en el aire.

Y, sin darle tiempo a reaccionar, añadió: Vamos a pasear. ¿Vienes con nosotros?

Sí exhaló él. Claro.

Salió con ellos, cargó a Miguel sobre sus hombros y el niño soltó una carcajada estruendosa. Vicuña caminaba a su lado, y su cabeza a veces rozaba su hombro. En ese simple y cotidiano contacto había más valor que en todos los tacones rojos y la risa estridente del mundo. Lo comprendió, tarde, amargamente, pero con claridad: lo más querido no es la pasión, sino el silencio. No el «siempre» sino el «aun cuando». Y estaba dispuesto a pasar los años demostrando que merecía ese silencio a su lado.

Valorad lo que tenéis.

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